lunes, 2 de marzo de 2020

La llamada


Hace un rato me ha llamado un antiguo compañero de trabajo. Además de la afectación por el plan de prejubilación recuerdo que no teníamos nada en común sino el trabajo en la misma empresa.

Después de las preguntas de rigor me ha preguntado el porque de no dedicarme a descansar después de tantos años de trabajo. Mi respuesta creo que le ha molestado, descansar de que, le he dicho, uno descansa cuando está cansado.

Después de unos segundos de pausa me ha soltado una retahíla de razones que le justificaban el no hacer nada más que vegetar, eso sí en justa correspondencia a una vida llena de esfuerzos y responsabilidades.

Mi recuerdo de su periodo de trabajo, estaba en un departamento que no correspondía a mi dirección, era el de un trabajador correcto, sin excesos ni defectos, una persona que realmente pasaba desapercibida en un entorno sumamente activo como era el nuestro.

Me he reído, te estaba tomando el pelo, le he dicho. Pero yo he tomado otra opción, Ya lo veo en tus redes sociales, ha contestado, y rápidamente ha cambiado de tema y me ha pasado a narrar sus largos periodos de contemplación y descanso que modulan su vida actual.

Después de colgar he entendido la verdadera suerte que he tenido al facilitarme la vida esta segunda oportunidad para desarrollar todas esas aficiones y deseos que han sobrevolado mi vida todos estos años. 

Fijaos, si alguien me hubiera dicho hace diez años que hoy podría estar desarrollando todo lo que hago lo hubiera tildado de loco.

Y mucha culpa es vuestra, es de las personas que día  a día me apoyáis y soportáis, las que me dais opciones y oportunidades de trabajar con vosotros y a vuestro lado en todas esas cosas que me apasionan, que me hacen feliz.

Que conste que respeto profundamente cualquier otra opción, pero para mi la mía es la ideal…

martes, 27 de agosto de 2019

Apenas tenía 9 años…




Escondida en el pasillo oía a sus padres, todos sus hermanos estaban durmiendo ya. Su padre envejecido y abrumado no podía levantar su cabeza, su madre solo contenía las lágrimas, solo repetía su nombre, Clara.

Al día siguiente su madre le dijo que se vistiera con su único traje, la noche de antes lo había estado arreglando. Casi sin mirarla la cogió de la mano. 

El silencio la acongojaba.

Una caminata rápida y una puerta. Su madre se agacho delante de ella, esto es lo mejor para ti, le dijo casi sin mirarla, le arreglaba con movimientos convulsos su vestido. 

Ya veras como te tratan bien, lo sé, y no te acordaras de nosotros.

Una monja vestida toda de negro abrió la puerta, Eres Clara, preguntó, anda pasa. Su madre se quedó allí petrificada mirándola, rota.



Unas semanas más tarde deambulaba por aquella casa, ella y tres niñas más buscaban a cada momento un rincón para jugar, pero siempre tropezaban con la hermana Benigna. 

¿Quién la nombraría así?

Todas las madrugadas les hacían levantarse a rezar, a aquellas niñas les costaba estar despiertas, pero allí estaba la hermana para recordarles a collejazos su obligación.

Pasaron los años,  Clara estaba a punto de ordenarse. Tenía ganas de vestir aquella ropa, imaginaba una vida distinta, se sentía mayor. Odiaba aquellas comidas iguales, casi sin nada que llevarse a la boca salvo cuando venía Don Julián.

Don Julián era el párroco de la iglesia, cuando él venía había huevos y algunos días hasta pollo. Todos eran felices menos la hermana Rita. En cuanto él aparecía bajaba su cabeza y no comía nada.

Unos meses más tarde la hermana Rita se cayó desde la torre y el párroco nunca vino más.

Ahora, muchos años más tarde soy la encargada de los nuevos ingresos, lo cierto es que no se que seria de mi vida si mis padres, benditos padres, no me hubieran traído aquí.  

No quiero ni pensarlo, solo se que cada noche al acostarme mi mente vuela a prados en los que nunca he estado, a mares que no he conocido y escalo montañas solo con cerrar mis ojos y mis pensamientos.


Nada más…




viernes, 14 de junio de 2019

José estaba cansado.

Cansado de vivir.


Cansado de que todos los días fueran idénticos, una sucesión de rutinas interminables cuyo único resultado era siempre el mismo: otro día más.

Pero lo que más le hundía era la mirada. Aquella mezcla insoportable de lástima y repugnancia, ese reflejo ajeno que lo devolvía a sí mismo convertido en alguien que ya no reconocía.

Todo había ido bien hasta aquella maldita crisis. Entonces comprendió —demasiado tarde— de lo que eran capaces aquellos a quienes había considerado amigos, compañeros, casi familia, cuando llegó el momento de intentar salvar lo insalvable: nada. Absolutamente nada.

Las mañanas empezaron a confundirse con las tardes. Las noches, largas y sin sueño, le enseñaron que la vida no era como él había creído durante años. Había trabajado sin descanso, convencido de estar construyendo algo, y de pronto entendió que había descuidado lo esencial: a las personas que tenía cerca.

María siempre le había hablado de tener hijos. Durante años no la escuchó de verdad. Ahora comprendía por qué ella se había refugiado en la parroquia, por qué aquellos silencios se habían ido haciendo cada vez más densos, más estériles.

Un día, tras contenerse a duras penas para no agredir al funcionario del paro —incapaz siquiera de mirarlo a los ojos—, supo que jamás volvería a trabajar. Todos aquellos años de esfuerzo, de renuncias y de horas entregadas, se resumían en nada.

Si hubiera tenido el valor suficiente, se habría arrojado por aquella ventana que María miraba en silencio tantas veces. Pero no lo hizo. Sin darse cuenta, comenzó un lento y terrible proceso de deterioro.

Al final, su única preocupación era sencilla y precisa: asegurarse de que siempre hubiera un paquete de tabaco escondido en el cajón.


Con eso era suficiente.

jueves, 10 de enero de 2019

El fantasma


Tu me diste la pista

Acabábamos de colgar las fotos y me lo nombraste, no se por que, pero no me resulto nuevo. El fantasma.

Hace mucho tiempo que me intrigan estos temas, a lo largo de mi vida he pasado de la incredulidad más absoluta a dejar abierta mi mente. A veces pienso que nuestra vida es un camino con niebla y solo vemos lo que tenemos a nuestro lado, pero ¿y cuando esta desaparece?...

La visión es casi infinita, en un instante mis ojos adivinan una figura que está a cientos de metros de mi, se que me llevaría un rato acercarme pero allí está, a merced de mi vista, esperándome.

A veces pienso como seria la vida si pudiéramos ver más allá de nuestros momentos. Una vida que se dejara modular a través de nuestros sentimientos ¿cómo sería?

Pero hoy estas tu, el fantasma y me estas dando pie a toda una serie  de preguntas que me hacen sentir cada vez mas pequeño, mas a merced de la vida, de esa vida que avanza sin piedad a nuestro lado.

Me encantaría encontrarme contigo, se que te tendría miedo, que huiría pero lo que nadie me va a quitar jamás es este sentimiento que tengo hacia ti. 



Eres y siempre serás mi biblioteca y da igual que tengas fantasmas, ruidos o voces. Da igual que esté o no este, que lo sienta o no, desde hace mucho tiempo lo eres, y sé que lo continuaras siendo a pensar de que este el ahí…




miércoles, 28 de marzo de 2018

La miro a los ojos


Y vio reflejada su vida en ellos.

Julia llevaba una vida normal. Tan normal que no se daba cuenta de ella. Todos los días la misma rutina, se levantaba a las 7, una ducha y partía al trabajo. Dos autobuses y mucha paciencia, llegaba a su oficina en la planta 18 y fichaba, un café y muchas horas delante del ordenador.

A las cuatro la vuelta, una casa desierta y varias camas por hacer, a ver si crecen estas petardas de una vez, se repetía cada día. Un rato después llegaba Adolfo con las niñas, unos minutos eternos aguantando sus batallitas y a hacer la cena y lavar la ropa.

Cada día igual.

Esa mañana tenía reconocimiento médico de empresa, rellenó los papeles que aquella malhumorada recepcionista le dio y para dentro. Enseguida supo que algo iba mal cuando le repitieron el electro cuatro veces, el médico muy serio le dijo “le aconsejo que vaya con esta nota al médico de cabecera, ayer mejor que hoy…”

Esa noche no durmió, no le dijo nada a nadie, le entrego la nota a su médico y se cuajó, solo con ver su cara. Como una flecha se levantó y llamó a la enfermera. Dos, tres segundos eternos pasaron, al fin apareció otra vez.

Esto fue la semana pasada, desde aquel día he aprendido a valorar cada minuto, cada segundo, cada voz y cada suspiro. Lo cierto es que me di cuenta que mi vida había pasado desapercibida por la rutina.


Hoy, después de salir del hospital he intentado sobreponerme a la noticia, no he querido que me acompañara nadie, es mi vida y este momento lo tengo que digerir yo, solo yo. Y tengo que aprovechar cada instante que me queda a partir de ahora…

domingo, 28 de enero de 2018

Soledad

Es no tener un nombre que pronunciar,

no saber hacia dónde mirar,

suspirar a cada instante

y soñar, apenas, con amar.


Es buscar en cada momento

algo que me devuelva a otro tiempo,

aferrarme a un recuerdo mínimo,

intentar soñar… soñar con un solo suspiro,

y aprender, sin querer, a echarte en falta.


Y al compás de una canción

volver a aquellos días,

a aquellas palabras dichas a medias,

a esa desazón callada

que dolía y sostenía a la vez.


Porque me hacía vivir,

me hacía sentir,

me empujaba a soñar

aunque supiera que dolía.


Y daba sentido —aunque fuera por instantes—

a este corazón cansado

que aún late

cuando piensa en ti.