Había sido, en otro tiempo, soldado de fortuna. Un mercenario al servicio de gobiernos, compañías y hombres de escrúpulos tan escasos como sus fronteras. Había recorrido medio mundo enrolándose en las guerras coloniales que nacían en los puertos, en los bares de mala muerte y en las oficinas donde la vida de un hombre valía menos que una bala. Combatió en conflictos donde los jóvenes pueblos creían luchar por su libertad mientras, en realidad, solo provocaban leves oscilaciones en los mercados financieros y un puñado de titulares en la prensa occidental.
Había perdido un brazo en alguna de aquellas guerras de las que nunca hablaba. Nadie sabía dónde ni cuándo. Solo se intuía que había visto demasiado para querer recordarlo. Hablaba con sorprendente corrección cinco idiomas y conservaba un extraño olor que parecía no abandonarlo jamás: el aroma dulce y amargo de ciertas plantas de la selva que, al ser cortadas, desprenden un perfume semejante al de una herida recién abierta.
Cuando llegó a la mansión no cruzó palabra con nadie.
Se instaló en una pequeña habitación que daba a los patios interiores. Descargó con estrépito su vieja mochila militar y fue colocando sus escasas pertenencias con un orden casi obsesivo alrededor del saco de dormir. Después llenó lentamente la pipa, la encendió y permaneció fumando durante horas, inmóvil, como si estuviera escuchando voces que solo él podía oír.
Pasaron varios días antes de que alguien se atreviera a acercarse lo suficiente como para descubrir algo más sobre él. Fue mientras se bañaba en el río. Bajo la axila derecha llevaba tatuado un número y, junto a él, el delicado dibujo del sexo de una mujer. Nadie se atrevió nunca a preguntarle su significado.
Inspiraba respeto.
O quizá miedo.
Todos le temían, salvo el dueño de la finca, a quien su presencia parecía dejar completamente indiferente, y el viejo fraile, que sentía por él una especie de áspera simpatía, nacida tal vez del reconocimiento entre dos hombres acostumbrados a cargar con su propio pasado.
Sus modales resultaban bruscos, precisos y contenidos. Cada gesto parecía cuidadosamente medido. Sin embargo, bajo aquella apariencia severa se adivinaban restos de una educación antigua, casi caballeresca, como si perteneciera a un mundo desaparecido.
Poco después de su llegada comenzaron a confiarle las tareas relacionadas con el orden y la vigilancia de la casa. Él custodiaba todas las llaves, controlaba las entradas y salidas de los habitantes de la finca y administraba las herramientas, los almacenes y la salida de las cosechas hacia el mercado.
Nunca se supo que negara ayuda a nadie.
Pero tampoco nadie osaba tomar una sola herramienta sin comunicárselo antes.
Ni siquiera el propietario.
Su autoridad no procedía de un cargo ni de una imposición. Nacía de algo mucho más profundo. Del brazo que le faltaba. De aquella forma lenta y rígida de volver la cabeza cuando alguien pronunciaba su nombre. Del tono grave de su voz. De los silencios que dejaba caer entre frase y frase. Era una autoridad que no necesitaba explicarse.
Cuando finalmente se desencadenaron los acontecimientos que conducirían a la tragedia, Paul permaneció aparentemente al margen. Nadie pudo asegurar jamás si había participado de algún modo en los hechos que la precedieron o si simplemente observó, como tantas otras veces en su vida, cómo la violencia encontraba el camino para imponerse.
Se llamaba Paul.
A menudo podía verse junto al río lavando su propia ropa. Lo hacía con una habilidad sorprendente, ayudándose del muñón con una destreza adquirida tras años de resignación. Había en aquel gesto cotidiano una mezcla de dignidad y melancolía que habría conmovido a cualquiera.
En las largas horas de ocio sacaba una vieja armónica del bolsillo de la chaqueta y tocaba antiguas marchas militares.
Resultaba imposible contemplarlo sin sentir una extraña incomodidad. Ver cómo una sola mano y un brazo amputado eran capaces de arrancar aquellas melodías marciales al pequeño instrumento hacía pensar que, quizá, las guerras nunca abandonan del todo a quienes sobreviven a ellas.
Porque algunos hombres dejan el campo de batalla.
Pero el campo de batalla jamás los abandona a ellos.