No es un prodigio tecnológico ni un objeto de lujo: es un simple Festina analógico que compré hace tres días en la relojería de mi barrio. Sin embargo, cuando lo activo, las manecillas giran en sentido inverso y el tiempo retrocede con ellas. El mundo entero desanda su camino: los aviones recogen sus estelas, la lluvia asciende desde el suelo, el mar devuelve las olas a la orilla y las palabras regresan a las bocas convertidas en balbuceos sin sentido. Lo irreparable se repara.
La primera vez que lo puse en marcha sentí cómo mis pensamientos se plegaban sobre sí mismos. Vi a una mosca volar hacia atrás y a mi gato huir de ella, grotesco. El miedo —que no entiende de direcciones temporales— me obligó a detener el reloj y esconderlo en el cajón de la mesita de noche.
Durante varios días intenté olvidarlo. No lo conseguí.
Hoy lo he sacado de nuevo. Volveré a hacerlo funcionar.
No para evitar tragedias ni para cambiar el curso de la historia. No para hacerme rico ni advertir a nadie de lo que vendrá.
No.
Lo haré para regresar al sábado pasado, cuando vaciaste el armario y te marchaste de casa. Quizá retroceda un poco más y borre aquella frase que no debí decir, aquel gesto torpe, aquellos silencios. Diré te quiero cada vez que lo pensé y no lo pronuncié.
Dicen que cambiar el pasado puede destruir el presente. Hoy asumiré ese riesgo.
Me pongo el reloj en la muñeca, respiro hondo y activo el mecanismo.
Con la esperanza de que regreses, pulso el botón.
Clic.
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