El vendedor de sueños llegó al pueblo una fría mañana de invierno en su vieja furgoneta azul, anunciando por un megáfono su mercancía imposible: sueños de amor, de valor, de riqueza, de salud, de pasión. Los vendía en pequeños frascos de cristal, cada uno teñido del color de la promesa que contenía. Era el único autorizado en la provincia, y algunos sueños —los prohibidos— los guardaba ocultos, solo para clientes de absoluta confianza.
Nadie sabía su edad ni su origen. Los más viejos juraban haberlo visto ya antes de la guerra, siempre igual, siempre ofreciendo lo mismo. Tampoco se ponían de acuerdo sobre el origen de aquellas esencias: África, Alemania, Portugal… El vendedor nunca desmentía nada.
Pronto, los vecinos acudieron a la plaza. El alcalde compró un sueño de poder; doña Gertrudis, uno místico; el sargento, uno de honor. Soledad, la bibliotecaria, eligió un sueño de seducción, mientras el tímido señor Gómez, enamorado de ella en silencio, adquiría uno de conquista amorosa. Lola, la prostituta, pagó un sueño de pasión romántica; Valentín, el campesino pobre, recibió fiado un sueño de abundancia; el farmacéutico escéptico, uno de juventud; y Marcela, madre de un niño tullido, un frasco verde de salud y bienestar.
Al caer la tarde, cuando el vendedor ya se disponía a marcharse, se le acercó el cartero. Le confesó que, tras leer cada día las vidas ajenas, estaba agotado de soñar. Anhelaba una noche sin sueños. El vendedor le entregó entonces un frasco transparente: el sueño del olvido. No quiso cobrarle.
Esa noche, cada vecino soñó aquello que más deseaba. Poder, amor, gloria, juventud, riqueza, salud. Todos encontraron consuelo en sus sueños.
El cartero, en cambio, soñó con la nada: una llanura blanca, infinita y silenciosa, cubierta de nieve.
Y al despertar, por primera vez en mucho tiempo, descansó.
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