Sí, soy una aguja. Respira hondo. Ya sé que no impresiona.
Pero no cualquier aguja.
Soy fina. Soy afilada. Soy brillante. Y, lo diré sin falsa modestia: cuando entro en una tela, se nota.
Mi punta es perfecta. No “más o menos afilada”, no. Afilada como una opinión mal dada en una cena familiar. Cruzo sedas, algodones y vaqueros con una suavidad que provoca envidia en el costurero. A veces creo oír suspiros.
Mi color, plateado con reflejos dorados, no es casual. Es genética. No me he visto nunca —no tengo ojos—, pero lo sé porque me lo repetian mientras me templaban, con ese tono reverencial que se usa para hablar de las cosas bien hechas.
Y menos mal que no tengo ojos. Porque el día que me pusieran un hilo verde pistacho…
O rosa chicle…
No respondería de mí. Eso no es costura, eso es una agresión estética. Yo prefiero pensar que siempre es blanco impoluto o negro elegante. Así puedo dormir tranquila… si es que las agujas dormimos.
El ojal es otro tema. El mío es proporcionado, funcional y con clase. No como el de otras, que parecen diseñadas por alguien con prisa y poco criterio. Una aguja sin un buen ojal es como un poeta sin drama: puede existir, pero ¿para qué?
Hace poco descubrí que tenemos familia. Alfileres, se llaman. Al principio me alegré. Luego vi que no tienen ojal ninguno.
Trágico.
Una vida entera pinchando sin propósito. Los respeto, pero desde lejos.
Y luego están las chinchetas. Cortas, gorditas, con ese final redondo tan exagerado… No quiero ser cruel, pero eso no es una punta, es una decisión cuestionable.
Así que aquí estoy. En el estuche. Brillando. Esperando mi momento.
Porque no todas las agujas nacen para coser botones. Algunas nacemos para hacer costura con estilo.
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