jueves, 3 de septiembre de 2020

Me hubiera gustado ver nevar en París….



Subí los escalones como quien asciende por la memoria.

La basílica del Sagrado Corazón se acercaba poco a poco, blanca y solemne, flotando sobre Montmartre como una promesa antigua.

Mis piernas aún conservaban el eco de los ciento noventa y siete escalones, y de las callejuelas estrechas y empinadas que me habían conducido hasta allí. Cada paso era un latido, cada esquina un recuerdo.

En la plaza du Tertre me detuve ante los cuadros. Los miré uno a uno, buscando tus ojos en rostros ajenos. No los encontré. El recuerdo, cuando pesa demasiado, nubla la mirada.

Seguí subiendo, creyendo ingenuamente que la altura diluiría tu imagen. Pero hay ausencias que no obedecen a la gravedad. Al llegar a la explanada, la basílica se alzó ante mí con toda su majestuosidad. Era Navidad, y el aire tenía ese silencio expectante que precede a los milagros que nunca llegan.

Siempre soñé con ver París cubierto de nieve. La amaba. Imaginaba la ciudad envuelta en un manto blanco, suavizando sus heridas, borrando los bordes del tiempo. No sabía entonces que aquella sería mi última vez allí, que la despedida suele disfrazarse de día cualquiera.

Recuerdo el inicio del sueño. Al principio era casi amable. Subíamos juntos unas escaleras interminables que no cansaban, como si el amor nos hiciera ingrávidos. Pero cuando pensaba en detenerme, cuando el miedo me rozaba, aparecía aquella figura sin rostro. Entonces tú te desvanecías… y yo caía.

Caía siempre.

Noche tras noche, el sueño regresaba, más nítido, más cruel, hasta convertirse en vigilia.

Fue entonces cuando te perdí del todo. Dejaste de ser mi voz baja en la oscuridad, mi refugio y mi herida, para convertirte en la ausencia que ocupaba cada rincón de la noche. Yo permanecía despierto, castigado a pensarte.

Con el tiempo, incluso el dolor aprendió a marcharse. Se fue diluyendo, como lo hiciste tú, entre la niebla espesa de la vida. Y aquella sonrisa que un día me pareció eterna se volvió frágil, casi irreal.

Etérea.

Como la vida misma, que ahora, años después, se me escapa a ratos, como la nieve que nunca llegó a caer.


Me hubiera gustado ver nevar en París…

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