viernes, 18 de noviembre de 2016

Coche 7, asiento 7C




Aunque habitualmente los viajes en tren le apasionaban, aquel día estaba cansado. Lo cierto era que estaba deseando llegar a casa, poner en su estéreo la Traviata, cerrar los ojos y acurrucarse en el sofá con un gin tonic en su mano.

Y le apasionaba observar el comportamiento y las costumbres de sus compañeros de vagón. Poco a poco se familiarizaba con movimientos, con ruidos y hasta olores que le transportaban a una época lejana de su memoria, en la cual se imaginaba inmerso en una historia de pasiones y asesinatos en el Orient Express.

Pero aquel día no podía sospechar que sería distinto a todos los anteriores.

Llegó justo a la estación, pasó el control y bajó corriendo al andén. Coche 7 asiento 7C, decía su billete.

Con su pequeña maleta y la cartera que le acompañaba a todas partes buscó su asiento y se sentó. Saco el PC y lo conecto a su móvil. En un momento se sumergió en los últimos correos recibidos, nunca se cansan de enviar correos, no quiero ni pensar si hace veinte años hubiera habido tal tráfico de cartas.

Unos minutos después se acercó por el pasillo una esbelta mujer. Avanzaba poco a poco buscando su asiento. Al llegar a su altura se detuvo.

Un hola suave salió de su boca. En su pecho colgado como en la bolsa de un marsupial un bebé dormido. Creo que soy su compañera de viaje, le susurro. En aquel momento la miro a la cara y se sorprendió por su belleza, una belleza simple, sin colores.

Casi ni reaccionó, otro pasajero le ayudó a subir la maleta. En unos segundos se acomodó a su lado y la volvió a mirar. Cada vez que sus miradas se cruzaban ella sonreía. Poco a poco abrió su vestido y una niña brotó de él. Apenas llegaría al año, la miro y le pareció igual de bella que su madre. Cuántos años habían pasado desde que sus hijos tuvieron esa edad, ya casi ni lo recordaba.

Pero lo que más le llamó la atención era la calma que esas dos personas desprendían, serán madre e hija, supuso.

En un momento la niña le miró, en ese momento se dio cuenta que no había dejado de mirarlas un solo instante desde que aparecieron. La niña le sonrió, le ha caído bien, dijo su madre, y no suele pasar a menudo.

Desde aquel instante no dejo de mirarlas, de jugar con la niña, de sonreírles. El, esa persona tan seria había sido cautivado por aquellas dos sonrisas. 

Un par de horas después llegó a su destino, nada más despedirse supo que desde aquel momento siempre las echaría de menos… 



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