jueves, 19 de marzo de 2026

Otra noche más en vela…


La idea —esa que no se atreve a nombrar— se le acerca como una sombra paciente. Ya no irrumpe: se posa. Y en esa quietud entiende que hay sumas cuyo único alivio es la resta.

El mundo se le deshace sin estruendo, como una tela que cede hilo a hilo. Intenta comprender en qué instante exacto comienza el derrumbe, cuándo la luz deja de ser refugio y el crepúsculo se convierte en aviso. Pero el pensamiento no alcanza, no ilumina, no salva.

El cielo arde en rojos lentos, casi hermosos. Y, sin embargo, no ve belleza: ve una herida que se abre paso hacia la noche. Una noche que no es descanso, sino frontera. Que no separa el día del sueño, sino al presente de cualquier mañana posible.

Y el ciclo regresa, siempre. No como repetición, sino como condena: un círculo torcido, de variables invisibles que ya nacen con su resultado escrito. No hay sorpresa, no hay desvío. 

Solo una certeza que se repite con precisión implacable.

Se busca en lo que queda de sí mismo. Se observa como quien examina una ruina.

Finge creer que es transitorio, que bastará con esperar, con resistir. Pero la paciencia es ya un cuerpo ausente: se consumió antes de ser gesto, se secó antes de tocar la piel.

Pronto amanecerá. La luz caerá sobre los árboles vencidos, el aire traerá ese olor de otoño que es mitad memoria, mitad despedida. Y tal vez, por un instante, pensará que todo ha sido un mal sueño.

Pero sabrá —con esa lucidez que no consuela—

que la noche volverá.


Y con ella, intacta, la sombra.



Dedicado a ti, ya sebes el porque...

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