viernes, 5 de agosto de 2016

La habitación


A Julia le había quedado bien claro tras el último Consejo: todos aquellos hoteles de la cadena con más de tres años de pérdidas se verían obligados a cerrar. Y el suyo era uno de ellos. La crisis había llegado también a su especialidad, al llamado “turismo de buceo” y Julia no sabía cómo luchar para salvar su negocio: un maravilloso hotel situado en el mejor paraje de la isla.

Cogió las gafas de bucear que guardaba siempre en el cajón y salió de su despacho.

—Vuelvo en una hora—, le dijo al chico de recepción.

Antonio solía tardar poco más de una hora en recorrer su “sendero de reflexión”. Dejó dicho en recepción que volvería en ese intervalo de tiempo, se calzó sus botas de montaña y acometió el camino dispuesto a encontrar una solución al dilema: su alojamiento rural se encontraba en el punto de mira de la cadena hotelera a la que pertenecía.

Llevaba varios años con malos resultados y tenía que salvarlo como fuera. A mitad de recorrido decidió coger un atajo porque el sol estaba empezando a ocultarse. Se metió por una acequia que conducía hasta un campo de cultivo. Al llegar a él, se dio de bruces con algo. Cayó a la tierra. Gritó aterrorizado.

No sabía de qué se trataba. Se incorporó como pudo y entonces lo vio: un espantapájaros, un simple espantapájaros que la oscuridad había vuelto aterrador. Antonio nunca llegaría a entender como la gente podía disfrutar viendo películas de miedo... O quizás sí. ¿Por qué no? Sonrió ante la idea que se le acababa de ocurrir. 

Julia no pudo evitar reírse ante su propia ocurrencia. Casi pierde el tubo. Unas burbujas se escaparon hacia la superficie. Siempre se había sentido muy cómoda bajo el agua, sin más sonido que su respiración, pausada, constante; plenamente consciente de su cuerpo fluyendo en el agua. Unos pececillos de colores pasaron a su lado, una estrella de mar de color rojo sobre una roca. Y fue entonces, al recordar que su primera película había sido una de Cousteau en lugar de una de Disney, cuando tuvo la feliz idea. ¿Quién pondría en duda si el conocido científico se había alojado o no en su hotel? Al fin y al cabo ella sabía a ciencia cierta que Jaques Cousteau había buceado por aquellas aguas… No tenía nada que perder. Y sí mucho que ganar.

Volvió a su despacho con el pelo todavía mojado. Encendió el portátil, un par de comentarios en algún blog de buceo, algún otro en asociaciones de amigos del investigador francés. Y voila. Julia estaba segura de que iba a funcionar.

—Ha tardado usted menos de una hora—, le dijo el chico de recepción a Antonio.
El chaval no hizo ningún comentario sobre la ropa manchada de barro o sobre los rasguños en la frente. Antonio se encogió de hombros y le sonrió antes de encerrarse en su despacho para urdir el plan. Inventarse un fantasma era tarea fácil.

Pidió la habitación número veinticuatro situada en la última planta. Los demás detalles eran sencillos: ruidos a media noche, algún desconchón en la pared… Nada que pudiera perturbar a los huéspedes habituales, pero si que atrajera a los amantes del esoterismo.

Antonio estaba seguro de que daría resultado. 

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“Estimados Señores, nos es grato presentar el informe financiero del año que acabamos de cerrar. Como pueden observar en la gráfica que tienen en estos momentos en sus pantallas, existe un punto de inflexión en los resultados globales de la empresa.

Entre los hoteles que más han contribuido a este claro cambio de tendencia, logrando, no solo compensar sus cuentas de resultados negativas, sino obteniendo además excelentes beneficios en el ejercicio actual, destacan el Estrella de Mar y el Acequia (…)”.

Julia y Antonio, sentado cada uno en una punta de la Sala de Juntas, sonríen satisfechos. No pueden dejar de mirar las barras del gráfico que resaltan los buenos resultados de sus hoteles: la barra del Estrella, roja; la del Acequia, verde. 

EPÍLOGO:

—¿Es usted la directora del hotel?—, pregunta a Julia un joven desde la puerta de su despacho. Por su aspecto, se trata de un claro ejemplo de “turista de buceo”
—Sí, ¿en qué te puedo ayudar? 
Julia le tutea conscientemente. Se levanta y, tras quitarse un mechón de la frente, le adelanta la mano. El joven se la estrecha decidido, tiene la piel muy bronceada.
—Bueno, en realidad es una tontería, pero es que estoy alojado en la habitación veinticuatro y…
—¿Hay algo averiado? ¿Falta alguna cosa?
—¡Está encantada!
—¿Cómo?
—Encantada, ¡habitada! Escucho ruidos a medianoche, hay un desconchón en la pared… 
Julia se echa a reír. Se para en seco cuando se da cuenta de que el chico se ha quedado mirándola muy seriamente.
—Bueno, en fin, podemos cambiarte de habitación. Ningún problema, todavía queda alguna libre.
—No, no, ¡si me flipan los fantasmas! —, esta vez es el chaval el que se ríe con ganas.

Turista de buceo, y friki, piensa Julia.

Mientras tanto, en la otra punta del país, Antonio ha encontrado por fin el momento para ordenar su escritorio, los últimos meses habían sido una auténtica locura. Vacía el contenido del primer cajón sobre la mesa y, entre todos los papeles, aparece una fotografía dedicada: «Pour mon ami Antonio, affectueusement».

Un anciano de pelo blanco, con gafas y boina roja, sonríe desde un barco. El mar al fondo. Antonio recuerda la última vez que Jaques se alojó en el Acequia, justo un año antes de morir.


Era un gran enamorado de la comarca. Gracias a la complicidad del director, siempre pudo mantener allí el anonimato, disfrutar de unos días de retiro, lejos de periodistas y admiradores. Antonio separa la fotografía del resto de papeles y la guarda de nuevo en el cajón.




1 comentario:

  1. ¡Pero qué bueno, Rafael! Te superas en cada historia. Me ha encantado estas historias cruzadas que al final se anudan con ese final tan inesperado. Te felicito y te pido que sigas regalándonos tus magníficos relatos. Un abrazo muy fuerte

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