jueves, 30 de junio de 2016

Esa falda azul




Tú llevabas una falda azul, recuerdo que hacia un calor terrible, y estabas bellísima….

Semanas, quizás meses, había estado planeando este momento pero una vez más esa mirada tuya me desarmó. 



Hacia un par de años que la jubilación había llamado a mi puerta. Recuerdo ese vértigo cuando me lo anunciaron, mi trabajo era mi vida y creía que no sabría hacer nada más.

Busque mil aficiones, incluso pase por mi antigua oficina en busca de un consejo, un consejo que quería dar pero nadie quería recibir, esa sensación de apartamiento fue cruel. Mire a mis antiguos compañeros idolatrando mi situación, una situación que yo odiaba…  No los entendería nunca.

Escape atenazado por la ira, una ira que entendía bien ya que la había soportado durante los últimos años mientras giraba la cabeza y contemplaba un grupo de personas escondiéndose en un móvil, en un periódico, en cualquier cosa que les hiciera sentirse ocupados.



Empezaba a anochecer, cruzaba la calle y te vi. Sobria, serena, elegante. Me quede entusiasmado ante tus movimientos. Tu melena ondulada intentaba engañar al viento, tus ojos, creí morir al verlos, me recordaron el mar.

Al momento tropezaste, jamás podré agradecer tanto al destino, y allí estaba yo dispuesto a ayudarte. Unas palabras, tu maravilloso aroma, tu mirada, sentí que acababa de morir por ti en este instante.



Llevaba casi cuarenta años trabajando en aquella empresa. Mis padres querían que estudiara mecánica en la escuela de trabajo de mi pueblo pero el segundo año mi madre falleció y tuve que ponerme a trabajar con mi padre. De aquellos años de penurias recuerdo los gritos del dueño, el Sr. Tomas y las miradas derrotadas de mi padre.

Poco a poco llegue a encargado, la empresa comenzaba a crecer y empezaron a llegar maquinaria y herramientas nuevas. Mi padre se jubiló y a las pocas semanas murio. Solo vivía para mi trabajo y mes a mes, año a año, pasaba el tiempo. 



Me dijiste que te llamabas Diana y te sentí muy sola. Después me entere que tu marido te dejo por una secretaria de su trabajo, Siempre había soñado encontrar alguien así, por fin esta vida me premiaba o eso creí en aquellos momentos.

Poco a poco nos hicimos íntimos, nuestras sonrisas eran la envidia o la comidilla de mucha gente pero no nos importaban, yo era feliz a tu lado, solo había una nube en aquel maravilloso cielo. 


Supuse que era un hecho pasajero y no le preste mayor importancia.


Un día el dueño de la empresa me dijo que se jubilaba y que su puesto lo ocuparía su hijo. Cuando lo conocí me pareció un verdadero demonio pero ahora realmente sentía su marcha. El nuevo jefe estaba convencido que la solución a cualquier problema pasaba por un buen marketing.

Un taller como el nuestro, le repetía yo una y otra vez, vive de nuestros clientes y por eso hay que mimarlos. Poco a poco fue llegando personal nuevo y los viejos quedamos relegados a la frustración y el ostracismo. Un día me dijo “tu puesto está en la oficina, no te quiero ver por abajo”

Aquellos cambios en la empresa no me gustaron. Mi trabajo era mi vida y estar allí encerrado en aquellas oficinas con un montón de gente que nunca veía trabajar me enfurecía. Un día vino el jefe y me dijo que quería hablar conmigo. 


En un par de meses ya estaba jubilado.


En una vida tan “complicada” como la del jubilado cualquier novedad era agradecida. Me propuse hacer todo lo que no me había dado tiempo durante “mi vida anterior”.

Así, espoleado por mi afán de cambios, modifique mi forma de vestir, mi comportamiento y poco a poco empezó a cambiar hasta mi carácter. Aquella persona afable y tranquila se estaba convirtiendo en un ser arrogante y nervioso, más preocupado por su imagen que por su vida.



Ayer Diana estaba esperándome en la puerta del gimnasio… jamas la volvi a ver.




 

martes, 28 de junio de 2016

Se asomó por la borda



El viento y las gotas azotaban su rostro. Su mirada estaba perdida en el horizonte donde un cobrizo sol intentaba ser absorbido por un mar azul verdoso. 


Que pronto habían pasado esas tres semanas, pensó, aún recuerdo cuando descendí de aquel avión. Allí te vi, lo cierto es que me sorprendí, pero nada decía de tu aspecto físico aquel anuncio.

“Busco mujer excepcional que quiera ser feliz a mi lado” decía aquel escueto anuncio, un nombre y un teléfono, nada más. Unos minutos más tarde pensé que porque no arriesgarme, ya era hora de probar algo distinto, de rehuir el orden y el método que acompañaban mi trabajo y mi vida.


Y me lance.


Como decía, mi sorpresa al verte fue mayúscula, largas conversaciones preparando este encuentro se resumieron en dos personas sonrientes con dos rosas en sus manos que serían la señal del encuentro.

Lo cierto es que había pensado en como serias todos estos días, unas veces te imaginaba como un elegante señor mayor calado de capa y sombrero, otras te imaginaba aventurero y audaz, otras veces joven y melancólico pero nunca te imagine como te vi aquel día. 

La sorpresa inicial fue sucumbiendo a tus encantos, poco a poco encontré una persona maravillosa que vivía solo y por mí, un cumulo de detalles y de versos con los que me obsequiabas cada día y que me hacían sentirme feliz.

Poco a poco me acostumbre a ti, a tu voz, a tu sonrisa. Tu no hablabas más que de futuro, yo de disfrutar este momento, tu anhelabas besar mis labios, yo tu compañía, poco a poco, te reproche aquel día y no volviste a besarme. 

Ayer tuve que decidir, volver a mi casa o empezar una vida a tu lado, al final peso más tu imagen que tu cariño, te rechace y te deje allí, a mi lado. Jamás olvidare tu cara en ese momento, alargaste la mano y trataste de sonreír.

Solo quiero que seas feliz, me dijiste, ni un reproche, ni un llanto. Giraste tu cabeza y te vi alejarte poco a poco, cabizbajo, derrotado.


 
Ahora mirando el sol me pregunto si no hubiera sido feliz quedándome a tu lado.



No lo sabré nunca… 



 

domingo, 26 de junio de 2016

El cementerio de Montmartre



Desde que había entrado no paraba de seguirnos…


Era una preciosa tarde de diciembre, cogí tu mano y la estire. Tus ojos se volcaron en mi, esta anocheciendo, me dijiste y no es la mejor hora.

Siempre me habían dado yuyu los cementerios pero en ese momento solo quería entrar.

Las figuras que reconocía con aquella luz me parecían maravillosas, intentaba adivinar cada detalle, cada figura, cada nombre solo para imaginar que sentido tenían aquellas edificaciones y aquellas frases.

Si mis restos tienen que reposar algún día quiero que sean aquí, te susurre al oido, pero tu siempre me has dicho que quieres ser cenizas al viento me replicaste, solo pude sonreírte, mire tus ojos y sentí porque era tan feliz, solo porque estabas a mi lado.

Volví mi rostro y estabas allí otra vez, ahora subido a una losa mirándome, sentí que esa mirada me estaba acompañando desde que había entrado.


Mira, te dije, ahí esta otra vez nuestro acompañante. 


Eras de un color gris casi negro y tu mirada era tan pesada como la losa en la que estabas subido, tu boca se abría y cerraba presa de un aburrimiento que me aturdía.

Cogí mi cámara y te dispare, así estarás siempre conmigo pero tu ni te inmutaste.

Probé a acercarme a ti y desapareciste, volví y mire otra vez tus ojos, allí estabas pálida, delicada, hubiera dado mi vida por sumergirme en tus ojos pero solo pensé en hacerte feliz, muy feliz.

Vámonos, te dije, te acercaste a mi, me sonreíste y apoyaste tus labios en los míos, eres un amor, me dijiste, no podía ser mas feliz, salimos de allí seguidos por aquella figura gris.

Al atravesar la puerta me volví, estabas allí en medio de la puerta, plantado y abriendo tu boca.

Te sonreí y guiñe un ojo.

Gire mi cabeza un instante y habías desaparecido, jamás sabré la tumba de la que saliste para acompañarme, pero solo tengo una palabra para ti



Gracias





domingo, 19 de junio de 2016

El vestido


Rafa se miro al espejo. Esta ropa me sienta bien, muy bien. Una mueca asomo en su boca, me tendria que ver hoy mi abuela Concha, ella me lo predijo aquel día.

Recordé mi niñez, esa niñez marcada por la soledad, recuerdo cuando mis padres me llevaron a esos colegios, esa inmensa soledad de los domingos, esa angustia, esa…. 

Pero poco a poco paso.

Una adolescencia marcada por aquellos Salesianos, esos años en los que descubrimos la política y la libertad, Dios como los echo de menos… 

Pero eso no importa ya.

Recuerdo a mis dos amores de juventud, Bienve y Ana, que importantes fueron en aquellos momentos y que lejanos los veo ahora, esas jornadas de estudio en el colegio, ese espíritu de camaradería y compañerismo hasta que se cruzo en mi vida Alex.

Fuimos uña y carne, pasábamos horas hablando de la vida, del mundo, de nosotros, hasta que aquel día tomamos la decisión. Aun recuerdo a mi profesor de Algebra denodado al comunicarle mi decisión, no te entiendo, dijo.  

Para mi esas palabras fueron como un terremoto.

Años mas tarde nuestros caminos se separaron, Alex se quedo suplicándome, pero yo ansiaba mas y sabia que debía buscar mi destino.

Hoy, con 55 años, me he mirado al espejo, se que mañana estarán mis padres y mi familia, Alex me acompañara, pero temo su encuentro, siempre fue para mi un espejo donde mirarme, mi segunda voz, mi confianza mas absoluta, pero faltara mi abuela.

Ella me pronostico un día este momento, y solo el mismo Dios sabe lo que daría por que ella hoy estuviera presente.

Da igual que este en Roma o en Calatayud, cada uno somos lo que somos en cada momento, nada mas.



Mañana vestido de color purpura seré ordenado Cardenal, pero solo lo seré porque ella hace casi cincuenta años me lo predijo.


Solo por ella…


Por mi abuela.



jueves, 9 de junio de 2016

Se fueron a pescar




Desde muy jóvenes aquellos tres amigos habían encontrado en esas jornadas el nexo de unión necesario para consolidar una amistad que duraba ya muchos años. 

Eran tres personas muy distintas, ya en el colegio las diferencias eran notables, Ernesto era un líder nato, arrastraba al resto de compañeros casi sin darse cuenta. Juan Pablo era el más lógico de los tres y Pablo el gamberro del grupo.

Años más tarde la vida los había tratado de diferente manera, Ernesto había conseguido llegar a Jefe de compras de una conocida multinacional, estaba más horas en el avión que en casa, pero le daba igual ya que su matrimonio se había hecho pedazos años atrás y casi ni veía a sus hijos. 

Juan Pablo daba clases en la universidad. Tenía una cátedra en propiedad y tres profesores adjuntos. Cientos de artículos y tres libros avalaban sus conocimientos. Vivía con su esposa en una casita en las afueras rotos por el dolor desde la pérdida de su único hijo.

Pablo trabajaba en una empresa de reparto de paquetes. Era una persona jovial al que, a pesar de tener dificultades económicas, no le faltaba nunca una sonrisa ni una palabra de apoyo. 

Cada tres meses se juntaban un fin de semana y se marchaban a pescar.

Ernesto tenía una casa de madera al lado de un lago. Lo cierto es que si no estaban ellos tres la casa estaba siempre cerrada. Allí aprovechaban los largos ratos de espera en hablar de todo, de la vida, de sus circunstancias, de sus deseos…

Allí habían compartido la separación de Ernesto, el accidente de moto  que le costó la vida al hijo de Juan Pablo y los problemas económicos de Pablo. Al llegar a aquella casa eran tres personas con sus sentimientos, amores, miedos y pasiones. Se despojaban de sus títulos y poderes y volvían a ser esos tres adolescentes que se escapaban se sus casas para ir a pescar. 

Por las noches sacaban las botellas y brotaban las lágrimas, allí se mostraban las verdaderas personas. Ernesto se transformaba en un ser inseguro, incapaz de tomar cualquier decisión que le afectara en su vida y mostraba la terrible necesidad de una persona que lo apoyara y comprendiera. Allí sabía que si la encontrara sería capaz de abandonar aquel trabajo cruel que lo arrastraba de hotel en hotel, de mujeres vacías y de halagadores por interés.

Juan Pablo se derrumbaba. Habían hecho del bienestar de su hijo la única razón para vivir y con su trágica e inesperada muerte se habían hundido. Aunque no lo sabían la única razón para no quitarse la vida era dejar sola a su pareja. Varios años después aún no habían logrado superarlo. 

Pablo utilizaba esos días para intentar compartir los problemas de sus dos amigos. Aunque trabajaba muchas horas y era un trabajo pesado y tedioso se sentía feliz. Lástima de esos finales de mes en los que no le llegaba el dinero, pero desde que se levantaba hasta que se acostaba no paraba de sonreír, de contagiar a cualquiera que lo conociera esa vitalidad, esa energía que repartía por doquier.

En aquellas pocas horas le hacía imaginar a Ernesto y a Juan Pablo como podía ser su vida, intentaba contagiarles esa felicidad y vitalidad, incluso asumía como suyos unos problemas que no le correspondían. Era el responsable de la terapia necesaria para aguantar los próximos tres meses y aunque Ernesto siempre le asegura un trabajo cuando se despedían, él sabía que una vez pasada esa puerta el universo de ellos tres cambiaba. 


Pero aun así era feliz, él había nacido para eso, para repartir felicidad y sabía que algún día…