jueves, 25 de febrero de 2016

La importancia de llamarse Emilio




El día que nació no estaba su padre. 

Era jueves como hoy.

Unos años antes su padre había inaugurado una ferretería y desde el primer día pasaba horas y horas intentando levantar su negocio. Su padre decidió entonces que era mejor procurar una vida holgada a su familia que cuidarlos.

Unos meses después de nacer Emilio ya era una parte importante de aquel negocio. En aquella pequeña capital de provincias se conocían todos y él era una parte del día a día de aquel negocio. Tumbado en una especie de cuna al lado de la mesa de su madre pasaba los días buscando algo en el aire que ni aún él sabía.

Cuando empezó a ir a la escuela le pusieron un hueco allí mismo para que estudiara, él no podía concentrarse entre tanto trajín y hubiera preferido estudiar en el silencio de su casa. Bastante inteligente, incluso diría que brillante, hacia sus trabajos en un santiamén y después soñaba despierto.

Años más tarde el negocio iba viento en popa, un día le dijo a su madre que adoraba el arte y que quería estudiar algo relacionado con él. Su padre al enterarse monto en cólera, él era el sucesor al frente de aquel negocio y tenía que estudiar otra cosa. Comenzó a hacer administración de empresas. 

Aunque tuvo que irse a estudiar fuera, cada fin de semana ayudaba en la ferretería, el soñaba con ser libre y recorrer el mundo pero el amor que tenía por sus padres le impedía hacer otra cosa.

No se le conocían novias, termino la carrera y le pidió a su padre un año sabático. Su padre le aconsejo retrasar hasta que  estuviera a cargo de aquel negocio. Poco a poco el tiempo pasó, Emilio dejo de ser joven y al final se acostumbró a aquella vida. De vez en cuando aprovechaba para inundarse con sus pasiones ya fuera asistiendo al teatro, las pocas veces que había, incluso se propuso hacer un grupo de arte para hablar de su pasión.

No encontró tiempo, cada vez tenía más trabajo, más empleados y estaba más inmerso en el negocio. La gente que lo veía lo envidiaba, se había comprado una impresionante mansión que había llenado de pequeñas obras de arte, un coche que era una joya y que además casi no utilizaba. Algún día que lo sacaba le llamaban la atención las miradas que le profesaban. 

Jamás le vio nadie sonreír hasta aquel día. 

Salió tranquilamente de casa, monto en su coche y no se le volvió a ver nunca. 


Por cierto, era jueves como hoy.





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