miércoles, 28 de enero de 2026

Estábamos llegando a Cádiz.


Al girarme hacia ti las vi. Nunca había pensado que tuvieras unas piernas tan hermosas. No sé si fue el calor del viaje, el cansancio acumulado de la ruta o ese instante en el que la cabeza deja de mandar y solo mira.

Te observé entera, sentada a mi lado. Recorrí tu cuerpo con la mirada mientras adelantaba coches con el Audi, imaginando —con una sonrisa secreta— a los otros conductores maldiciéndome en silencio. No tanto por el coche, sino por ti.

Estoy seguro de que, aunque fuera solo por un segundo, se preguntaron qué elegirían: el Audi… o tú.

Yo tenía las dos cosas.

Y solté una carcajada muda, breve, apenas un soplo.

Entonces levantaste la mirada. Tus ojos me alcanzaron de lleno. Eran mi perdición y, al mismo tiempo, mi ancla. Y en ese instante lo entendí todo.

El Audi dejó de ser un Audi convirtiendose en un Renault cualquiera.

Tus piernas… esas seguían allí, maravillosas.

Y lo más importante: tu corazón viajaba junto al mío.

A hacer puñetas el Audi, Cádiz y todo lo demás.

Lo único que importa es que estés conmigo.


No quiero nada más.

jueves, 22 de enero de 2026

La aguja


Sí, soy una aguja. Respira hondo. Ya sé que no impresiona.

Pero no cualquier aguja.

Soy fina. Soy afilada. Soy brillante. Y, lo diré sin falsa modestia: cuando entro en una tela, se nota.

Mi punta es perfecta. No “más o menos afilada”, no. Afilada como una opinión mal dada en una cena familiar. Cruzo sedas, algodones y vaqueros con una suavidad que provoca envidia en el costurero. A veces creo oír suspiros.

Mi color, plateado con reflejos dorados, no es casual. Es genética. No me he visto nunca —no tengo ojos—, pero lo sé porque me lo repetian mientras me templaban, con ese tono reverencial que se usa para hablar de las cosas bien hechas.

Y menos mal que no tengo ojos. Porque el día que me pusieran un hilo verde pistacho o rosa chicle…

No respondería de mí. 

Eso no es costura, eso es una agresión estética. Yo prefiero pensar que siempre es blanco impoluto o negro elegante. Así puedo dormir tranquila… si es que las agujas dormimos.

El ojal es otro tema. El mío es proporcionado, funcional y con clase. No como el de otras, que parecen diseñadas por alguien con prisa y poco criterio. Una aguja sin un buen ojal es como un poeta sin drama: puede existir, pero ¿para qué?

Hace poco descubrí que tenemos familia. Alfileres, se llaman. Al principio me alegré. Luego me dijeron que no tienen ojal ninguno.

Trágico.

Una vida entera pinchando sin propósito. Los respeto, pero desde lejos.

Y luego están las chinchetas. Cortas, gorditas, con ese final redondo tan exagerado… No quiero ser cruel, pero eso no es una punta, es una decisión cuestionable.

Así que aquí estoy. En el estuche. Brillando. Esperando mi momento.

Porque no todas las agujas nacen para coser botones. Algunas nacemos para hacer costura con estilo.



domingo, 11 de enero de 2026

Tengo un reloj que funciona hacia atrás.



No es un prodigio tecnológico ni un objeto de lujo: es un simple Festina analógico que compré hace tres días en la relojería de mi barrio. Sin embargo, cuando lo activo, las manecillas giran en sentido inverso y el tiempo retrocede con ellas. El mundo entero desanda su camino: los aviones recogen sus estelas, la lluvia asciende desde el suelo, el mar devuelve las olas a la orilla y las palabras regresan a las bocas convertidas en balbuceos sin sentido. Lo irreparable se repara.

La primera vez que lo puse en marcha sentí cómo mis pensamientos se plegaban sobre sí mismos. Vi a una mosca volar hacia atrás y a mi gato huir de ella, grotesco. El miedo —que no entiende de direcciones temporales— me obligó a detener el reloj y esconderlo en el cajón de la mesita de noche.

Durante varios días intenté olvidarlo. No lo conseguí.

Hoy lo he sacado de nuevo. Volveré a hacerlo funcionar.

No para evitar tragedias ni para cambiar el curso de la historia. No para hacerme rico ni advertir a nadie de lo que vendrá. 

No.

Lo haré para regresar al sábado pasado, cuando vaciaste el armario y te marchaste de casa. Quizá retroceda un poco más y borre aquella frase que no debí decir, aquel gesto torpe, aquellos silencios. Diré te quiero cada vez que lo pensé y no lo pronuncié.

Dicen que cambiar el pasado puede destruir el presente. Hoy asumiré ese riesgo.

Me pongo el reloj en la muñeca, respiro hondo y activo el mecanismo.

Con la esperanza de que regreses, pulso el botón.


Clic.

jueves, 8 de enero de 2026

Sainete del encuentro


Dos personas se acercan por la acera. Son dos hombres de mediana edad, pelin orondos ambos —bueno, uno más que el otro—, con barba abundante; en uno de los casos, tan poblada que le inunda la barbilla y alcanzaría incluso el nudo de la corbata, de llevarla. Aquellos dos dandis se encuentran, chocan las manos y, tras un saludo en forma de besos, comienzan a hablar.

—Bon dia, Josep Maria. ¿Cómo estás, bribón?

—No tan bien como tú, amigo Rafa. ¿Qué te cuentas?

—Por ahora, poco —responde—. Haciendo vida de jubilado. ¿Y tú, cómo llevas la vida?

—Pues bien, liado, de aquí para allá, casi sin tiempo de meterme con las fotos. Y tú, ¿cómo te ha ido el final y el inicio de año?

—Lo de siempre: unos pocos excesos y poco más. ¿Y tú?

—Ya sabes, con la familia y esas cosas.

Desde el otro lado de la calle, una señora ya mayor, discreta ella, los observa con

curiosidad. Se pregunta de qué hablarán aquella pareja tan parecida, casi idéntica.

 Si no fuera —piensa— porque me tiene que recoger mi hija aquí mismo, me acercaría de buena gana a enterarme.

Pero volvamos a ellos.

—¿Cómo es posible que coincidamos tan poco viviendo tan cerca? —pregunta Rafa.

—Es que llevamos horarios distintos. Yo, cada día, paso por delante del patio de tu casa al menos dos veces.

—A mí me pasa igual —responde Josep Maria—. Cuando salgo de casa y bajo la calle, que es casi siempre, miro hacia tu patio a ver si te veo.

—Pues no tenemos más que adecuar los horarios y listo —dice Rafa, sonriendo.

—Ja, ja —ríe Josep Maria—. Así nos veríamos todos los días, varias veces.

—Pero entonces se nos acabaría la conversación —contesta Rafa entre risas—. Y además tendríamos que decírselo a nuestras mujeres y amistades varias, porque si nos ven juntos a todas horas pensarán que hemos empezado un noviazgo.

La señora observadora ya no puede más. Se ha acercado unos metros y con solo cruzar la calle podría integrarse en la conversación. Además, desde que oye las risas, su curiosidad es aún mayor.

—Bueno, dejémoslo como hasta ahora —dice riendo Josep Maria.

—Sí, será lo mejor —asiente Rafa—. Lo que sí podríamos instaurar es el cafecito

quincenal, así al menos tendremos asegurado el encuentro.

—Buena idea —responde Josep Maria—. Me apunto.

En ese momento, un claxon interrumpe la charla. Es la hija de la señora, que viene a recogerla. La pobre abandona la idea de cruzar la calle y se dirige hacia el coche murmurando entre dientes:

—Me enteraré… juro que tarde o temprano me enteraré.

jueves, 1 de enero de 2026

El vendedor de sueños


El vendedor de sueños llegó al pueblo una fría mañana de invierno en su vieja furgoneta azul, anunciando por un megáfono su mercancía imposible: sueños de amor, de valor, de riqueza, de salud, de pasión. Los vendía en pequeños frascos de cristal, cada uno teñido del color de la promesa que contenía. Era el único autorizado en la provincia, y algunos sueños —los prohibidos— los guardaba ocultos, solo para clientes de absoluta confianza.

Nadie sabía su edad ni su origen. Los más viejos juraban haberlo visto ya antes de la guerra, siempre igual, siempre ofreciendo lo mismo. Tampoco se ponían de acuerdo sobre el origen de aquellas esencias: África, Alemania, Portugal… El vendedor nunca desmentía nada.

Pronto, los vecinos acudieron a la plaza. El alcalde compró un sueño de poder; doña Gertrudis, uno místico; el sargento, uno de honor. Soledad, la bibliotecaria, eligió un sueño de seducción, mientras el tímido señor Gómez, enamorado de ella en silencio, adquiría uno de conquista amorosa. Lola, la prostituta, pagó un sueño de pasión romántica; Valentín, el campesino pobre, recibió fiado un sueño de abundancia; el farmacéutico escéptico, uno de juventud; y Marcela, madre de un niño tullido, un frasco verde de salud y bienestar.

Al caer la tarde, cuando el vendedor ya se disponía a marcharse, se le acercó el cartero. Le confesó que, tras leer cada día las vidas ajenas, estaba agotado de soñar. Anhelaba una noche sin sueños. El vendedor le entregó entonces un frasco transparente: el sueño del olvido. No quiso cobrarle.

Esa noche, cada vecino soñó aquello que más deseaba. Poder, amor, gloria, juventud, riqueza, salud. Todos encontraron consuelo en sus sueños.

El cartero, en cambio, soñó con la nada: una llanura blanca, infinita y silenciosa, cubierta de nieve.


Y al despertar, por primera vez en mucho tiempo, descansó.

lunes, 15 de diciembre de 2025

El piano

Lo recorrí con los dedos, lentamente.

Su suavidad me inundó de calma; su belleza atrapaba la luz tibia de la madrugada.

No supe por qué, pero me devolvió a una infancia feliz, a una Navidad lejana.

No entendí el motivo.


Siempre me ha gustado la Navidad.

La asocio a las luces, al silencio blanco de la nieve. En el lugar donde vivía de niño rara vez nevaba, pero sí recuerdo el frío, ese frío obstinado que atenazaba el cuerpo durante los largos días de invierno.

Allí, a la orilla del río, veía cada mañana el suelo cubierto de escarcha. Una escarcha blanca que me parecía un milagro cotidiano.

Me gustaba verla rendirse al contacto de mis dedos, observar cómo se derretía lentamente, y sentir después el frío mordiéndome las manos.

De poco sirvieron los consejos de mi madre, empeñada en ponerme guantes. A mí, como ahora, lo que me gustaba era sentir la vida fluir por la piel, aunque doliera.

Lo único que quedó grabado en mi memoria fue aquella sensación: el frío recorriendo mis manos jóvenes, despertándolas.


Un día, mis padres compraron uno.

Aún recuerdo cuando lo subieron a casa, desmontado en innumerables piezas. Fue todo un acontecimiento.

Lucía en el salón con una presencia majestuosa, casi solemne, aunque no fuera de cola.

Aquellas imágenes navideñas, aquellos villancicos, todavía hoy me emocionan.

Di la vuelta a su alrededor con cuidado. Mis dedos seguían recorriéndolo, como reconociendo un viejo sueño.

Cuando llegué a las teclas, mis manos fueron a ellas sin pensarlo.

Me senté.

Imaginé un auditorio repleto.

Sentí miles de miradas suspendidas sobre mis manos.

Respiré hondo y…


—Señor —me dijeron desde atrás—, regrese a su butaca, por favor.

jueves, 13 de noviembre de 2025

La pluma



Guardaba en casa una colección casi sagrada. Desde siempre le habían acompañado el gesto de escribir y el impulso de dibujar. Aún recordaba la infancia: las manos pequeñas, el papel en blanco, el lápiz rozando la superficie como si despertara algo dormido. Incluso el sonido le parecía bello.

Con los años, aquel juego se volvió vocación, y la vocación, una devoción silenciosa por todo lo que tuviera que ver con la escritura. En las librerías se perdía sin prisa, recorriendo pasillos como quien pasea por un templo, admirando lomos, colores, promesas. Si hubiera podido, se las habría llevado todas.

Soñó alguna vez con abrir una librería, vivir rodeado de palabras ajenas y propias. Pero temió que la costumbre acabara erosionando el asombro, que la pasión se volviera oficio.

Mucho después, una amiga le regaló una pluma. No era nueva, pero brilló en sus manos como si lo fuera. Fue entonces cuando comprendió que cada pluma tenía un nombre y un latido. A aquella primera le dio el nombre de ella, y desde entonces ocupa el lugar más alto de su colección.

Aprendió que no eran simples instrumentos ni adornos elegantes. Cada una guardaba un alma, una espera. Al deslizarla entre los dedos, la pluma parecía susurrarle historias que él se limitaba a seguir sobre el papel.

Cuidarlas se convirtió en un rito. Extendía un paño, las desmontaba con paciencia, las limpiaba una a una. Elegía después la que le acompañaría durante unos días, hasta que el ritual volvía a repetirse, inmutable, necesario.

Un día quiso regalar una pluma a alguien esencial. Buscó sin descanso hasta encontrar la adecuada. La sostuvo entre las manos, le dio un nombre y, tras ese bautismo íntimo, la entregó como quien confía un secreto.

Con ellas escribió las historias más hermosas y los versos más osados. Solo ellas vieron caer sus lágrimas cuando la emoción lo desbordaba, cuando creyó haber alcanzado la felicidad, o aquella tarde en que el corazón se le quebró sin remedio.

Intentó escribir con varias de ellas, pero las palabras no acudieron.

Entonces lo comprendió.


Hoy, por primera vez en muchos años, todas las plumas se han quedado en casa.