Dos personas se acercan por la acera. Son dos hombres de mediana edad, pelin orondos ambos —bueno, uno más que el otro—, con barba abundante; en uno de los casos, tan poblada que le inunda la barbilla y alcanzaría incluso el nudo de la corbata, de llevarla. Aquellos dos dandis se encuentran, chocan las manos y, tras un saludo en forma de besos, comienzan a hablar.
—Bon dia, Josep Maria. ¿Cómo estás, bribón?
—No tan bien como tú, amigo Rafa. ¿Qué te cuentas?
—Por ahora, poco —responde—. Haciendo vida de jubilado. ¿Y tú, cómo llevas la vida?
—Pues bien, liado, de aquí para allá, casi sin tiempo de meterme con las fotos. Y tú, ¿cómo te ha ido el final y el inicio de año?
—Lo de siempre: unos pocos excesos y poco más. ¿Y tú?
—Ya sabes, con la familia y esas cosas.
Desde el otro lado de la calle, una señora ya mayor, discreta ella, los observa con
curiosidad. Se pregunta de qué hablarán aquella pareja tan parecida, casi idéntica.
Si no fuera —piensa— porque me tiene que recoger mi hija aquí mismo, me acercaría de buena gana a enterarme.
Pero volvamos a ellos.
—¿Cómo es posible que coincidamos tan poco viviendo tan cerca? —pregunta Rafa.
—Es que llevamos horarios distintos. Yo, cada día, paso por delante del patio de tu casa al menos dos veces.
—A mí me pasa igual —responde Josep Maria—. Cuando salgo de casa y bajo la calle, que es casi siempre, miro hacia tu patio a ver si te veo.
—Pues no tenemos más que adecuar los horarios y listo —dice Rafa, sonriendo.
—Ja, ja —ríe Josep Maria—. Así nos veríamos todos los días, varias veces.
—Pero entonces se nos acabaría la conversación —contesta Rafa entre risas—. Y además tendríamos que decírselo a nuestras mujeres y amistades varias, porque si nos ven juntos a todas horas pensarán que hemos empezado un noviazgo.
La señora observadora ya no puede más. Se ha acercado unos metros y con solo cruzar la calle podría integrarse en la conversación. Además, desde que oye las risas, su curiosidad es aún mayor.
—Bueno, dejémoslo como hasta ahora —dice riendo Josep Maria.
—Sí, será lo mejor —asiente Rafa—. Lo que sí podríamos instaurar es el cafecito
quincenal, así al menos tendremos asegurado el encuentro.
—Buena idea —responde Josep Maria—. Me apunto.
En ese momento, un claxon interrumpe la charla. Es la hija de la señora, que viene a recogerla. La pobre abandona la idea de cruzar la calle y se dirige hacia el coche murmurando entre dientes:
—Me enteraré… juro que tarde o temprano me enteraré.