Lo recorrí con los dedos, lentamente.
Su suavidad me inundó de calma; su belleza atrapaba la luz tibia de la madrugada.
No supe por qué, pero me devolvió a una infancia feliz, a una Navidad lejana.
No entendí el motivo.
Siempre me ha gustado la Navidad.
La asocio a las luces, al silencio blanco de la nieve. En el lugar donde vivía de niño rara vez nevaba, pero sí recuerdo el frío, ese frío obstinado que atenazaba el cuerpo durante los largos días de invierno.
Allí, a la orilla del río, veía cada mañana el suelo cubierto de escarcha. Una escarcha blanca que me parecía un milagro cotidiano.
Me gustaba verla rendirse al contacto de mis dedos, observar cómo se derretía lentamente, y sentir después el frío mordiéndome las manos.
De poco sirvieron los consejos de mi madre, empeñada en ponerme guantes. A mí, como ahora, lo que me gustaba era sentir la vida fluir por la piel, aunque doliera.
Lo único que quedó grabado en mi memoria fue aquella sensación: el frío recorriendo mis manos jóvenes, despertándolas.
Un día, mis padres compraron uno.
Aún recuerdo cuando lo subieron a casa, desmontado en innumerables piezas. Fue todo un acontecimiento.
Lucía en el salón con una presencia majestuosa, casi solemne, aunque no fuera de cola.
Aquellas imágenes navideñas, aquellos villancicos, todavía hoy me emocionan.
Di la vuelta a su alrededor con cuidado. Mis dedos seguían recorriéndolo, como reconociendo un viejo sueño.
Cuando llegué a las teclas, mis manos fueron a ellas sin pensarlo.
Me senté.
Imaginé un auditorio repleto.
Sentí miles de miradas suspendidas sobre mis manos.
Respiré hondo y…
—Señor —me dijeron desde atrás—, regrese a su butaca, por favor.