jueves, 8 de enero de 2026

Sainete del encuentro


Dos personas se acercan por la acera. Son dos hombres de mediana edad, pelin orondos ambos —bueno, uno más que el otro—, con barba abundante; en uno de los casos, tan poblada que le inunda la barbilla y alcanzaría incluso el nudo de la corbata, de llevarla. Aquellos dos dandis se encuentran, chocan las manos y, tras un saludo en forma de besos, comienzan a hablar.

—Bon dia, Josep Maria. ¿Cómo estás, bribón?

—No tan bien como tú, amigo Rafa. ¿Qué te cuentas?

—Por ahora, poco —responde—. Haciendo vida de jubilado. ¿Y tú, cómo llevas la vida?

—Pues bien, liado, de aquí para allá, casi sin tiempo de meterme con las fotos. Y tú, ¿cómo te ha ido el final y el inicio de año?

—Lo de siempre: unos pocos excesos y poco más. ¿Y tú?

—Ya sabes, con la familia y esas cosas.

Desde el otro lado de la calle, una señora ya mayor, discreta ella, los observa con curiosidad. Se pregunta de qué hablarán aquella pareja tan parecida, casi idéntica.

Si no fuera —piensa— porque me tiene que recoger mi hija aquí mismo, me acercaría de buena gana a enterarme.

Pero volvamos a ellos.

—¿Cómo es posible que coincidamos tan poco viviendo tan cerca? —pregunta Rafa.

—Es que llevamos horarios distintos. Yo, cada día, paso por delante del patio de tu casa al menos dos veces.

—A mí me pasa igual —responde Josep Maria—. Cuando salgo de casa y bajo la calle, que es casi siempre, miro hacia tu patio a ver si te veo.

—Pues no tenemos más que adecuar los horarios y listo —dice Rafa, sonriendo.

—Ja, ja —ríe Josep Maria—. Así nos veríamos todos los días, varias veces.

—Pero entonces se nos acabaría la conversación —contesta Rafa entre risas—. Y además tendríamos que decírselo a nuestras mujeres y amistades varias, porque si nos ven juntos a todas horas pensarán que hemos empezado un noviazgo.

La señora observadora ya no puede más. Se ha acercado unos metros y con solo cruzar la calle podría integrarse en la conversación. Además, desde que oye las risas, su curiosidad es aún mayor.

—Bueno, dejémoslo como hasta ahora —dice riendo Josep Maria.

—Sí, será lo mejor —asiente Rafa—. Lo que sí podríamos instaurar es el cafecito

quincenal, así al menos tendremos asegurado el encuentro.

—Buena idea —responde Josep Maria—. Me apunto.

En ese momento, un claxon interrumpe la charla. Es la hija de la señora, que viene a recogerla. La pobre abandona la idea de cruzar la calle y se dirige hacia el coche murmurando entre dientes:

—Me enteraré… juro que tarde o temprano me enteraré.

jueves, 1 de enero de 2026

El vendedor de sueños


El vendedor de sueños llegó al pueblo una fría mañana de invierno en su vieja furgoneta azul, anunciando por un megáfono su mercancía imposible: sueños de amor, de valor, de riqueza, de salud, de pasión. Los vendía en pequeños frascos de cristal, cada uno teñido del color de la promesa que contenía. Era el único autorizado en la provincia, y algunos sueños —los prohibidos— los guardaba ocultos, solo para clientes de absoluta confianza.

Nadie sabía su edad ni su origen. Los más viejos juraban haberlo visto ya antes de la guerra, siempre igual, siempre ofreciendo lo mismo. Tampoco se ponían de acuerdo sobre el origen de aquellas esencias: África, Alemania, Portugal… El vendedor nunca desmentía nada.

Pronto, los vecinos acudieron a la plaza. El alcalde compró un sueño de poder; doña Gertrudis, uno místico; el sargento, uno de honor. Soledad, la bibliotecaria, eligió un sueño de seducción, mientras el tímido señor Gómez, enamorado de ella en silencio, adquiría uno de conquista amorosa. Lola, la prostituta, pagó un sueño de pasión romántica; Valentín, el campesino pobre, recibió fiado un sueño de abundancia; el farmacéutico escéptico, uno de juventud; y Marcela, madre de un niño tullido, un frasco verde de salud y bienestar.

Al caer la tarde, cuando el vendedor ya se disponía a marcharse, se le acercó el cartero. Le confesó que, tras leer cada día las vidas ajenas, estaba agotado de soñar. Anhelaba una noche sin sueños. El vendedor le entregó entonces un frasco transparente: el sueño del olvido. No quiso cobrarle.

Esa noche, cada vecino soñó aquello que más deseaba. Poder, amor, gloria, juventud, riqueza, salud. Todos encontraron consuelo en sus sueños.

El cartero, en cambio, soñó con la nada: una llanura blanca, infinita y silenciosa, cubierta de nieve.


Y al despertar, por primera vez en mucho tiempo, descansó.

lunes, 15 de diciembre de 2025

El piano

Lo recorrí con los dedos, lentamente.

Su suavidad me inundó de calma; su belleza atrapaba la luz tibia de la madrugada.

No supe por qué, pero me devolvió a una infancia feliz, a una Navidad lejana.

No entendí el motivo.


Siempre me ha gustado la Navidad.

La asocio a las luces, al silencio blanco de la nieve. En el lugar donde vivía de niño rara vez nevaba, pero sí recuerdo el frío, ese frío obstinado que atenazaba el cuerpo durante los largos días de invierno.

Allí, a la orilla del río, veía cada mañana el suelo cubierto de escarcha. Una escarcha blanca que me parecía un milagro cotidiano.

Me gustaba verla rendirse al contacto de mis dedos, observar cómo se derretía lentamente, y sentir después el frío mordiéndome las manos.

De poco sirvieron los consejos de mi madre, empeñada en ponerme guantes. A mí, como ahora, lo que me gustaba era sentir la vida fluir por la piel, aunque doliera.

Lo único que quedó grabado en mi memoria fue aquella sensación: el frío recorriendo mis manos jóvenes, despertándolas.


Un día, mis padres compraron uno.

Aún recuerdo cuando lo subieron a casa, desmontado en innumerables piezas. Fue todo un acontecimiento.

Lucía en el salón con una presencia majestuosa, casi solemne, aunque no fuera de cola.

Aquellas imágenes navideñas, aquellos villancicos, todavía hoy me emocionan.

Di la vuelta a su alrededor con cuidado. Mis dedos seguían recorriéndolo, como reconociendo un viejo sueño.

Cuando llegué a las teclas, mis manos fueron a ellas sin pensarlo.

Me senté.

Imaginé un auditorio repleto.

Sentí miles de miradas suspendidas sobre mis manos.

Respiré hondo y…


—Señor —me dijeron desde atrás—, regrese a su butaca, por favor.

jueves, 13 de noviembre de 2025

La pluma



Guardaba en casa una colección casi sagrada. Desde siempre le habían acompañado el gesto de escribir y el impulso de dibujar. Aún recordaba la infancia: las manos pequeñas, el papel en blanco, el lápiz rozando la superficie como si despertara algo dormido. Incluso el sonido le parecía bello.

Con los años, aquel juego se volvió vocación, y la vocación, una devoción silenciosa por todo lo que tuviera que ver con la escritura. En las librerías se perdía sin prisa, recorriendo pasillos como quien pasea por un templo, admirando lomos, colores, promesas. Si hubiera podido, se las habría llevado todas.

Soñó alguna vez con abrir una librería, vivir rodeado de palabras ajenas y propias. Pero temió que la costumbre acabara erosionando el asombro, que la pasión se volviera oficio.

Mucho después, una amiga le regaló una pluma. No era nueva, pero brilló en sus manos como si lo fuera. Fue entonces cuando comprendió que cada pluma tenía un nombre y un latido. A aquella primera le dio el nombre de ella, y desde entonces ocupa el lugar más alto de su colección.

Aprendió que no eran simples instrumentos ni adornos elegantes. Cada una guardaba un alma, una espera. Al deslizarla entre los dedos, la pluma parecía susurrarle historias que él se limitaba a seguir sobre el papel.

Cuidarlas se convirtió en un rito. Extendía un paño, las desmontaba con paciencia, las limpiaba una a una. Elegía después la que le acompañaría durante unos días, hasta que el ritual volvía a repetirse, inmutable, necesario.

Un día quiso regalar una pluma a alguien esencial. Buscó sin descanso hasta encontrar la adecuada. La sostuvo entre las manos, le dio un nombre y, tras ese bautismo íntimo, la entregó como quien confía un secreto.

Con ellas escribió las historias más hermosas y los versos más osados. Solo ellas vieron caer sus lágrimas cuando la emoción lo desbordaba, cuando creyó haber alcanzado la felicidad, o aquella tarde en que el corazón se le quebró sin remedio.

Intentó escribir con varias de ellas, pero las palabras no acudieron.

Entonces lo comprendió.


Hoy, por primera vez en muchos años, todas las plumas se han quedado en casa.

domingo, 2 de noviembre de 2025

El puñal

El soldado se acerca a la salida.

Me cambio de posición frente al televisor, quizá por los nervios.

Unos pasos atropellados resuenan en el pasillo, acercándose a la puerta. Mi madre no está. Ojalá pasen de largo, pienso. Pero entonces suena el timbre, insistente, y alguien empieza a aporrear con fuerza.

La figura del soldado que aparece al otro lado me recuerda a los de mi videojuego.

—Déjame pasar y escóndeme. Tengo que curarme —me dice, con la voz rota.

Lo guío hasta la cocina. Su sangre deja un rastro oscuro que lo mancha todo.

—Dame algo de comer —susurra.

Abro la nevera: apenas hay nada, pero le sirvo un vaso de leche. Lo bebe temblando, como si fuera lo único que lo mantuviera en pie.

De repente, vuelven a oírse pasos al otro lado de la puerta, más rápidos, más decididos.

—Tengo que irme —murmura. Y, sin darme tiempo a reaccionar, salta por la ventana y desaparece corriendo, como si el mismo diablo lo empujara.

Instantes después, escucho de nuevo ruidos en el pasillo, pasos que van y vienen. Me acerco a la ventana, pero no me atrevo a asomarme.

Entonces noto que despierto.

Es increíble lo que he soñado. Quizá debería hacer más caso a mi madre y dejar de jugar tanto a la Play.

Siento sed. Me levanto y voy hacia la cocina.

Y allí me quedo helado.

Encima de la mesa, donde debería estar todo en orden, hay un puñal. Y junto a él, una nota escrita con una sola palabra: “Gracias.”


viernes, 31 de octubre de 2025

Me hubiera gustado ver nevar en París…



Subí las escaleras. Ya podía ver la Basílica del Sagrado Corazón muy cerca de mí.


Aún me dolían las piernas por los ciento noventa y siete escalones que había subido para llegar a la plaza du Tertre, y por el recorrido entre las estrechas y empinadas callejuelas del barrio de Montmartre que me habían traído hasta aquí.


Me había quedado maravillado con las obras de arte expuestas en la plaza. En cada una de ellas creí reconocer tus ojos, pero turbado por tu recuerdo, no fui capaz de encontrarlos.


Seguí subiendo. Pensaba que, cuanto más me alejara, menos presente estaría tu imagen, pero una vez más me equivocaba.

Poco a poco llegué a la explanada de la Basílica, y su majestuosidad me dejó sin aliento. Era Navidad.


Siempre había soñado con ver París bajo la nieve. Adoraba la nieve, y verla cubriendo aquella ciudad debía de ser una experiencia inolvidable.

Yo no sabía entonces que jamás volvería, que aquel día sería la última vez que mis pasos tocarían las calles de París.


Recuerdo cuando comenzó aquel sueño.

La primera vez me hizo gracia: me veía subiendo contigo unas escaleras que no terminaban nunca, aunque no me fatigaban.

Y justo cuando el cansancio me hacía querer volver atrás, aquella figura aparecía ante mí. Entonces tú desaparecías, y yo caía al vacío.


Una y otra noche el mismo sueño se repetía, y acabó por atormentarme.


Fue entonces cuando te perdí. Dejaste de ser mi compañera de susurros y de vida, mi razón de ser y también mi desasosiego, para convertirte en la compañera ausente de esas largas noches que me condenaban al insomnio y al recuerdo.


Aquel tormento duró un tiempo. Poco a poco se fue desvaneciendo, como lo hiciste tú, confundida entre la niebla de la vida, entre una sonrisa que hace unos meses me parecía apenas un espejismo.


Etérea.

Como la vida que ahora, años después, me abandona por momentos.


Me hubiera gustado ver nevar en París…

sábado, 25 de octubre de 2025

La estantería



Sofi tenía treinta y nueve tarros alineados en la estantería.

Todos eran idénticos, menos uno: el último, el doble de grande, como si guardara dentro un secreto incapaz de ser contenido.

Colocados justo frente a su mesa de trabajo, parecían observarla en silencio.

A Sofi le gustaba alzar la mirada en mitad de sus largas horas de oficina y encontrarse con aquella hilera impecable. Sus ojos, siempre guiados por el azar, se detenían en uno cualquiera, y entonces imaginaba qué prodigio, qué recuerdo, qué vida posible podría esconder en su interior.

La rutina era siempre la misma: un café en el patio interior, junto a las plantas del pequeño jardín, mientras se preguntaba quién habría sido el arquitecto de aquel refugio vegetal que la hacía sentir tan lejos del mundo. Al regresar a su despacho, la estantería la recibía como un viejo ritual, con la inquietud constante de que un día desapareciera, como si todo hubiera sido un espejismo.

Más de una vez pensó en abrir uno.

Solo uno.

Pero la duda —esa duda que conoce todos los retrasos del alma— siempre la detenía:

—¿Por qué este y no otro?

Aquella mañana, en cambio, Sofi decidió hacerlo.

Abrirlos todos.

Uno por uno.

Sin miedo.


El primer tarro liberó un aroma suave, antiguo: la crema que había usado en un verano en el que creyó haber encontrado la felicidad. Pero la memoria, siempre caprichosa, le recordó también cómo aquella felicidad se había quebrado, dejándole en las manos solo el eco de lo que pudo ser.

Con cada tarro, Sofi recuperaba algo de sí misma: un amor, un miedo, un deseo, un fracaso. Absorbía los recuerdos como quien respira después de mucho tiempo bajo el agua. Y cuando cada frasco quedaba vacío, terminaba roto en la papelera, como si al destruirlo también deshiciera el peso que llevaba dentro.

La persona encargada de la limpieza, testigo involuntaria de aquel rito, sentía una punzada en el pecho cada vez que veía los tarros rotos. Sin saber cómo, se había convertido en cómplice silenciosa de la extraña travesía de Sofi.


Una mañana, entró antes de tiempo.

En la estantería solo quedaba uno: el grande.

El más enigmático.

El que todos los días temía encontrar roto en la papelera.

Pero esa vez, se equivocó en su presagio.


Lo que jamás supo es que Sofi, la tarde anterior, había abierto por fin el último tarro… y al ver su contenido, comprendió que su viaje había terminado. La mujer que había destapado el primero de aquellos frascos ya no existía. Había atravesado sus luces y sus sombras, había navegado entre culpas, recuerdos y ausencias, y por fin había alcanzado tierra firme.

De pronto, sus dudas se habían transformado en claridad.

Su inquietud, en calma.

Su miedo, en una paz profunda, casi sagrada.

Aquel no era un tarro más.

Aquel era su tarro.


El único.


El que no pensaba romper jamás.


Jamás.