viernes, 22 de mayo de 2026

El vestido


Rafa se miró al espejo.

La tela caía sobre sus hombros con una solemnidad que todavía le costaba reconocer como propia. Se observó en silencio, girando apenas el cuerpo, como si necesitara comprobar que aquel reflejo era real.

—Esta ropa me sienta bien… demasiado bien —murmuró con una sonrisa torcida.

Una mueca irónica asomó en sus labios.

“Si mi abuela pudiera verme ahora…”

Y entonces volvió a escucharla.

Aquella voz gastada por los años, pero firme como una sentencia.

— Tú llegarás lejos, niño. Más lejos de lo que piensas.

Cerró los ojos un instante.

Y la vida entera regresó de golpe.

Recordó su infancia.

Aquella infancia llena de silencios interminables y domingos eternos. Recordó el momento en que sus padres lo llevaron a aquellos colegios inmensos donde el eco de los pasillos parecía tragárselo todo. La soledad de las tardes. La angustia inexplicable de sentirse diferente sin saber todavía por qué.

Había noches en las que lloraba en silencio, escondiendo la cabeza bajo la almohada para que nadie pudiera escucharlo.

Pero el tiempo, de una forma cruel y lenta, termina acostumbrándolo todo.

Después llegaron los Salesianos.

Y con ellos la adolescencia.

Los debates interminables, la política, las primeras rebeldías, la sensación embriagadora de descubrir que el mundo podía cambiarse. Qué años aquellos… Dios mío, cuánto los echaba de menos ahora.

En aquellos patios descubrió la amistad verdadera, las conversaciones infinitas y también los primeros amores.

Bienve, Julia...

Nombres que todavía hoy le dolían con una ternura lejana. Compartieron apuntes, risas, sueños imposibles y esa intensidad absurda y maravillosa con la que se vive a los diecisiete años.

Hasta que apareció Álex.

Con Álex todo fue distinto desde el principio.

Fueron inseparables. Horas y horas hablando de la vida, del futuro, de ellos mismos. Caminaban por las calles creyéndose eternos, convencidos de que el mundo todavía estaba por escribirse.

Hasta que llegó aquel día.

La decisión.

Aún recordaba la cara desencajada de su profesor de Álgebra cuando le comunicó lo que pensaba hacer.

—No te entiendo, Rafa… de verdad que no te entiendo.

Aquellas palabras le atravesaron como un terremoto.

Porque, en el fondo, él tampoco terminaba de entenderse.

Pero siguió adelante.

Años más tarde sus caminos se separaron. Álex le suplicó que se quedara, que no abandonara aquella vida construida juntos a base de sueños y heridas compartidas.

Pero Rafa ansiaba algo más.

O quizá ansiaba huir.

Nunca llegó a saberlo del todo.

Ahora, cuarenta y cinco años después, volvía a mirarse al espejo.


La habitación estaba en silencio.

Mañana estarían allí sus padres, su familia, los pocos amigos que aún resistían el paso del tiempo. Álex también acudiría.

Y eso le aterraba.

Porque Álex siempre había sido mucho más que un amigo. Había sido su espejo más cruel y sincero. Su conciencia. La voz que le recordaba quién había sido realmente antes de convertirse en todo aquello.

Pero faltaría ella.

Su abuela.

Y aquella ausencia dolía más que todas las demás juntas.

Ella había visto aquel instante mucho antes que él mismo. Lo había anunciado casi medio siglo atrás mientras lo observaba jugar en el patio de casa, despeinado y lleno de barro.

— Tú llegarás lejos, niño. Más lejos de lo que piensas.…

Entonces todos reian.

Todos menos ella.


Rafa volvió a acercarse al espejo.

Acarició lentamente la tela púrpura con la punta de los dedos.

Da igual que uno esté en Roma o en Calatayud, pensó. Da igual el cargo, la ropa o los títulos. Al final solo somos la suma de las personas que nos amaron cuando todavía no éramos nadie.

Mañana sería ordenado cardenal.

Los periódicos hablarían de él.

Las cámaras lo perseguirían.

La gente besaría su anillo.

Pero nada de aquello le pertenecía realmente.

Porque si había llegado hasta allí…

sí había soportado la soledad, la culpa, las dudas y el miedo…

había sido únicamente por una mujer que creyó en él antes que nadie.

Una anciana de manos gastadas y voz humilde.


Su abuela.

Solo por ella.

Siempre por ella.


viernes, 8 de mayo de 2026

Amanda


Salió el tercer toro.


Lo cierto es que no entendía qué hacía allí aquella tarde. Para alguien como yo, defensor a ultranza de los animales, aquella situación era, por decirlo suavemente, insoportable.

Todo había comenzado hacia unos días..

Caminaba por la calle cuando me encontré con Miguel.

—Tienes que hacerme un favor —me dijo.

Lo miré a los ojos. Seguían teniendo aquella claridad limpia de siempre, pero las profundas ojeras que le oscurecían el rostro me inquietaron de inmediato.

—Dime.

Titubeó unos segundos antes de hablar.

—Hace dos días que no duermo. Me están pasando cosas… cosas que no puedo explicar.

Lo noté hundido. Instintivamente traté de ponerle una mano en el hombro, pero se apartó con un gesto nervioso.

Lo observé en silencio. El pelo revuelto, la barba descuidada de varios días y aquella expresión agotada hacían que pareciera mucho más viejo. Muy lejos del Miguel que yo había conocido.

—¿Qué te ocurre?

Levantó la vista hacia mí y volvió a bajarla enseguida, avergonzado.

Entonces recordé nuestras tardes de juventud, aquellas conversaciones interminables en las que imaginábamos un futuro brillante, lleno de aventuras, de mujeres y de promesas imposibles. Recordé también nuestros primeros escarceos amorosos. Durante años fuimos inseparables.

Y, sin embargo, en aquel instante sentía entre nosotros una distancia inmensa.

Le agarré el brazo con suavidad.

—Por favor, Miguel…

Tardó unos segundos en responder.

—¿Te acuerdas de Amanda?

Amanda.

¿Cómo no iba a recordarla?

Durante un tiempo fue nuestra. Primero mía. Después tuya. Al principio todo fue hermoso y dulce; más tarde llegó el dolor inevitable de los amores adolescentes. Curiosamente, cuando ella desapareció de nuestras vidas, nuestra amistad se hizo aún más fuerte.

—Sí… claro que la recuerdo.

Miguel tragó saliva antes de continuar.

—Hace un año me la encontré por casualidad en la calle. Fuimos a tomar un café… y desde entonces no he podido apartarla de mi vida.

Guardó silencio un instante.

—Todo cambió aquel día. Poco a poco fui abandonándolo todo: a mi pareja, a mis hijas, el trabajo… Dios mío, dejé atrás mi vida entera.

Sus labios temblaban mientras hablaba. Parecía agotado, roto por dentro.

—Hace tres días desapareció. Solo tengo un número de teléfono al que nadie responde… y esto.

Sacó una pequeña tarjeta del bolsillo y me la entregó.

En ella aparecía un símbolo extraño. Una especie de emblema oscuro que me resultaba vagamente familiar.

—La encontré en casa después de que se marchara.

Guardé la tarjeta en el bolsillo.

—Déjame ayudarte.


De regreso a casa empecé a investigar.

Busqué durante horas en internet, pero no encontré nada. Sin embargo, aquella imagen seguía produciéndome una sensación incómoda, como un recuerdo atrapado en algún rincón de la memoria.

Estaba a punto de rendirme cuando, de repente, lo comprendí.

Aquello se parecía a los antiguos hierros de las ganaderías de toros bravos.

Volví a buscar.

Y allí estaba.

Era el emblema de una ganadería.

Mi corazón empezó a acelerarse mientras seguía leyendo. El siguiente domingo lidiaban sus toros en la plaza de mi ciudad.

Pensé en llamar a Miguel, pero algo dentro de mí me dijo que era mejor no hacerlo. Decidí ir solo y buscar allí a Amanda.


El domingo llegué mucho antes del comienzo de la corrida.

Me situé junto a la puerta principal, observando a cada persona que entraba. Poco a poco la plaza comenzó a llenarse y el gentío hacía cada vez más difícil controlar los rostros.

Entonces ocurrió.

Una mano me agarró suavemente del brazo.

Me giré sobresaltado.

Y allí estaba ella.

Serena.

Hermosa.

Intacta frente al paso del tiempo.

Sonreía.

—Sabía que vendrías —susurró junto a mi oído.

Sentí un escalofrío.

Amanda me observó unos segundos, como si llevara años esperándome.

Después sonrió de nuevo.

—Sígueme… —dijo.