domingo, 26 de abril de 2026

Solo era mantequilla



Nunca me han gustado los espejos.

Dicen que traen mala suerte, pero ese no es el verdadero problema. El problema es que nunca he encontrado uno en el que me guste verme. Y no, no me digas que lo que no me gusta es mi imagen… porque no es cierto. ¿Dónde has visto unos ojos como los míos?

Sorpréndeme.

En su casa había tres espejos. Ninguno estaba allí por casualidad.El del baño, el del salón y el del pasillo formaban parte de una estrategia silenciosa, casi obsesiva.

El del pasillo la esperaba cada vez que entraba o salía de casa. Se detenía frente a él como si buscara una confirmación.

Siempre había tenido la sospecha de que, al cruzar la puerta, podía dejar algo atrás. No las llaves, ni el bolso… algo más importante. Algo que no sabía nombrar. Por eso se miraba. Para asegurarse de que seguía siendo ella.

El del baño era distinto. Más íntimo. Más cruel.

Allí se encontraba dos veces al día: al levantarse y antes de acostarse. Una mañana se miró y no se reconoció del todo. Se quedó quieta, observándose, intentando encajar las piezas de aquel rostro. Al cabo de unos minutos decidió que todo estaba en su sitio. O eso quiso creer.

El del salón tenía otra función.

Cada vez que sonaba el teléfono, giraba la cabeza hacia él, casi por reflejo. Como si necesitara comprobar quién iba a contestar antes de descolgar. A veces tardaba unos segundos más de lo normal. A veces dudaba.

Nunca recordaba quién había colocado los espejos allí. Esa idea la inquietaba durante un instante… pero enseguida se diluía, como tantas otras cosas.

Lo verdaderamente importante era otra pregunta, siempre la misma:

¿Quién soy?


Aquella mañana entró en la cocina.

Había algo en ese espacio que le resultaba ajeno, incómodo. No entendía por qué a los demás les molestaba tanto que estuviera allí.

Abrió la nevera.

Sacó un paquete.

Lo desenvolvió despacio, con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

Lo observó.

Lo olió.

Lo probó.

Solo era mantequilla.


Y, sin embargo, no supo qué hacer con ella.

Entonces lo entendió.

O quizá no....


Maldito Alzheimer.



jueves, 2 de abril de 2026

Subió al avión


Desde hacía un tiempo dormía mal. No era un insomnio cualquiera, sino una inquietud persistente que lo acompañaba como una sombra. Le atenazaban dos sentimientos opuestos: por un lado, el deseo casi irrefrenable de emprender aquel viaje —difícil, casi imposible por otros medios—; por otro, el miedo a lo desconocido, a esa experiencia nueva que no lograba dominar.

Sabía que cada día despegaban cientos de aviones y que, en la inmensa mayoría de los casos, no ocurría nada. Pero precisamente ahí residía su angustia. Era una persona racional, conocía el cálculo de probabilidades, y eso lo condenaba a no poder ignorar la posibilidad, por pequeña que fuera, de que todo saliera mal. Y esa mínima grieta en la certeza era suficiente para inquietarlo.

Aquella noche había dormido peor que nunca. Se dijo que era por los nervios del viaje, pero en el fondo sabía que el verdadero temor no estaba en el trayecto, sino en lo que le esperaba al otro lado. No temía el vuelo: temía el cambio.

Ese viaje era el resultado de meses —quizá años— de dudas. Le había costado demasiado dar el paso. La eterna pregunta entre acertar o equivocarse lo había acompañado cada noche, desgastándolo lentamente. Al principio creyó que sería algo pasajero, pero con el tiempo comprendió que aquel desasosiego había llegado para quedarse, como un compañero silencioso.

Quedaban atrás los primeros intentos por anestesiar el miedo: el alcohol, las malas compañías, incluso algún tímido acercamiento a las pastillas. Nada había funcionado. Con el tiempo, simplemente aprendió a convivir con ello.

Cuando subió al avión, sintió que le faltaba el aire. No era solo el inicio de un viaje: era el umbral de una vida nueva. Aquel vuelo era su pasaje hacia algo que había anhelado durante demasiado tiempo: el amor, la posibilidad de empezar de nuevo, de reconstruirse.

Todo cambiaría.

Lo sentía con una claridad casi dolorosa. Por eso, dentro de él se mezclaban la euforia y una tristeza profunda por todo lo que dejaba atrás.

El avión comenzó a rodar. Luego, el empuje. Sintió cómo el corazón se le encogía. Se aferró al asiento con las manos tensas, intentando disimular el miedo. Miró a su alrededor, buscando un ancla, algo que lo sostuviera.

Entonces la vio.

Una anciana lo observaba con una leve sonrisa, tranquila, como si todo aquello no fuera más que un gesto cotidiano.

—Tranquilo —le dijo con voz suave—. Si quieres, puedes agarrarte a mí.

Intentó sonreír. El impulso cesó poco a poco. El corazón, desbocado, comenzaba a regresar a su ritmo habitual. Por un instante creyó que todo estaba bien.

Y entonces ocurrió.

Fue tan rápido que apenas hubo tiempo para comprenderlo. Un estruendo seco a su espalda, una sacudida brutal… y después, el fuego.

Una ola ardiente atravesó el avión como un suspiro violento.

Solo tuvo tiempo de girar la cabeza para ver el rostro de la anciana, ahora desencajado, mirándolo fijamente.