Era la enésima vez que lo intentaba.
Buscó la bolsa que tenía olvidada detrás de la puerta y la cogió con determinación. Esta vez sí. De hoy no pasa, se dijo mientras comprobaba que llevaba todo lo necesario.
Bajó a la calle y, por un momento, se dirigió hacia el coche. Ya tenía la mano casi sobre la puerta cuando se detuvo.
—No, qué demonios… Mejor voy andando.
Cerró el coche y echó a andar.
Nada más cruzar la calle observó, casi por primera vez, el incesante ir y venir de la gente. Hombres y mujeres caminaban deprisa, absortos en sus pensamientos, mirando el teléfono, hablando entre ellos o simplemente avanzando sin reparar en quienes se cruzaban en su camino. Un sinfín de personas que parecían tener algo urgente que hacer.
Pensó en lo ocupados que estaban todos.
Él también tenía algo importante que hacer.
—Hoy lo voy a conseguir —se prometió—. No buscaré más excusas.
Siguió caminando.
Al pasar por delante de la taberna, sus pasos se ralentizaron casi sin querer. Era una costumbre adquirida durante tantos años que su cuerpo parecía conocer el camino mejor que su cabeza. Instintivamente estuvo a punto de entrar, pero reaccionó justo a tiempo.
No. Primero lo mío.
A través del cristal vio a la camarera. Estaba sola detrás de la barra y, al reconocerlo, hizo una pequeña mueca de disgusto.
Recordó entonces el primer día que había entrado en aquel lugar. Lo que más le había llamado la atención había sido la extraña combinación de estilos: aquellas paredes de madera, sobrias y oscuras, que parecían pertenecer a otra época, y aquel mobiliario excesivamente moderno, casi fuera de lugar.
Con el tiempo se había acostumbrado a aquella curiosa simbiosis. Y, sobre todo, se había acostumbrado al trato que recibía allí. A las conversaciones, a las bromas, a la sensación de que aquel lugar era un pequeño refugio al que siempre podía regresar.
Por eso aquella mueca no le pasó inadvertida. Durante unos segundos estuvo tentado de volver atrás pero siguió caminando.
Después de un buen rato llegó finalmente a su destino.
Desde lejos ya le llamó la atención la escasa actividad que había alrededor. No se veía a nadie. Tampoco se escuchaba ningún ruido. Incluso la luz parecía más tenue que de costumbre.
Mejor así, pensó. Estaré mucho más tranquilo.
Se acercó unos metros más y entonces empezó a notar que había algo extraño.
Miró la fachada. Miró las ventanas. Volvió a mirar la puerta.
Fue entonces cuando lo comprendió todo.
Estaba cerrado.
Se quedó inmóvil durante unos segundos, con la bolsa todavía en la mano.
Miró el horario pegado en la puerta.
Lo leyó una vez.
Y otra.
Después dejó escapar un suspiro.
—¡Leches…!
Bajó la cabeza, derrotado.
Otro día más sin conseguir aprender a bailar claqué.