Salió el tercer toro.
Lo cierto es que no entendía qué hacía allí aquella tarde. Para alguien como yo, defensor a ultranza de los animales, aquella situación era, por decirlo suavemente, insoportable.
Todo había comenzado hacia unos días..
Caminaba por la calle cuando me encontré con Miguel.
—Tienes que hacerme un favor —me dijo.
Lo miré a los ojos. Seguían teniendo aquella claridad limpia de siempre, pero las profundas ojeras que le oscurecían el rostro me inquietaron de inmediato.
—Dime.
Titubeó unos segundos antes de hablar.
—Hace dos días que no duermo. Me están pasando cosas… cosas que no puedo explicar.
Lo noté hundido. Instintivamente traté de ponerle una mano en el hombro, pero se apartó con un gesto nervioso.
Lo observé en silencio. El pelo revuelto, la barba descuidada de varios días y aquella expresión agotada hacían que pareciera mucho más viejo. Muy lejos del Miguel que yo había conocido.
—¿Qué te ocurre?
Levantó la vista hacia mí y volvió a bajarla enseguida, avergonzado.
Entonces recordé nuestras tardes de juventud, aquellas conversaciones interminables en las que imaginábamos un futuro brillante, lleno de aventuras, de mujeres y de promesas imposibles. Recordé también nuestros primeros escarceos amorosos. Durante años fuimos inseparables.
Y, sin embargo, en aquel instante sentía entre nosotros una distancia inmensa.
Le agarré el brazo con suavidad.
—Por favor, Miguel…
Tardó unos segundos en responder.
—¿Te acuerdas de Amanda?
Amanda.
¿Cómo no iba a recordarla?
Durante un tiempo fue nuestra. Primero mía. Después tuya. Al principio todo fue hermoso y dulce; más tarde llegó el dolor inevitable de los amores adolescentes. Curiosamente, cuando ella desapareció de nuestras vidas, nuestra amistad se hizo aún más fuerte.
—Sí… claro que la recuerdo.
Miguel tragó saliva antes de continuar.
—Hace un año me la encontré por casualidad en la calle. Fuimos a tomar un café… y desde entonces no he podido apartarla de mi vida.
Guardó silencio un instante.
—Todo cambió aquel día. Poco a poco fui abandonándolo todo: a mi pareja, a mis hijas, el trabajo… Dios mío, dejé atrás mi vida entera.
Sus labios temblaban mientras hablaba. Parecía agotado, roto por dentro.
—Hace tres días desapareció. Solo tengo un número de teléfono al que nadie responde… y esto.
Sacó una pequeña tarjeta del bolsillo y me la entregó.
En ella aparecía un símbolo extraño. Una especie de emblema oscuro que me resultaba vagamente familiar.
—La encontré en casa después de que se marchara.
Guardé la tarjeta en el bolsillo.
—Déjame ayudarte.
De regreso a casa empecé a investigar.
Busqué durante horas en internet, pero no encontré nada. Sin embargo, aquella imagen seguía produciéndome una sensación incómoda, como un recuerdo atrapado en algún rincón de la memoria.
Estaba a punto de rendirme cuando, de repente, lo comprendí.
Aquello se parecía a los antiguos hierros de las ganaderías de toros bravos.
Volví a buscar.
Y allí estaba.
Era el emblema de una ganadería.
Mi corazón empezó a acelerarse mientras seguía leyendo. El siguiente domingo lidiaban sus toros en la plaza de mi ciudad.
Pensé en llamar a Miguel, pero algo dentro de mí me dijo que era mejor no hacerlo. Decidí ir solo y buscar allí a Amanda.
El domingo llegué mucho antes del comienzo de la corrida.
Me situé junto a la puerta principal, observando a cada persona que entraba. Poco a poco la plaza comenzó a llenarse y el gentío hacía cada vez más difícil controlar los rostros.
Entonces ocurrió.
Una mano me agarró suavemente del brazo.
Me giré sobresaltado.
Y allí estaba ella.
Serena.
Hermosa.
Intacta frente al paso del tiempo.
Sonreía.
—Sabía que vendrías —susurró junto a mi oído.
Sentí un escalofrío.
Amanda me observó unos segundos, como si llevara años esperándome.
Después sonrió de nuevo.
—Sígueme… —dijo.