Cada mañana se levantaba la primera. Siempre. Aún era noche cerrada cuando cruzaba el pasillo y, al pasar frente a las ventanas, veía su reflejo desdibujado en el cristal oscuro. No recordaba haberse permitido nunca el lujo de quedarse un minuto más en la cama.
Desde niña había sido así. Su madre le pidió ayuda una vez, y pocos días después ya cargaba con una parte esencial de aquella casa. Cocinar, limpiar, ordenar, cuidar. Aprendió pronto que el cansancio no era excusa. Nunca entendió del todo qué impulsa a una mujer a traer tantos hijos al mundo cuando apenas hay tiempo para respirar.
Dejó el café el día en que le dijeron que tenía la tensión alta. Ella pensaba que era consecuencia de tantas horas de trabajo, de tanto esfuerzo silencioso. Pero el médico había estudiado, y ella no. Así que obedeció sin discutir. Como había obedecido siempre.
Tampoco sabía bien qué significaban las palabras amor o cariño. No porque no las hubiera oído, sino porque nunca tuvo espacio para detenerse a sentirlas. Encerrada entre aquellas paredes, ocupada en que nada faltara, jamás se concedió el tiempo para preguntarse qué deseaba ella.
—Ya llegará cuando tenga que llegar —se repetía, como si el tiempo fuera un aliado fiel.
Y mientras tanto, no se daba cuenta de que se iba apagando poco a poco. Aquel cabello castaño, antes brillante, comenzaba a llenarse de canas. Su rostro, antaño terso, mostraba ahora surcos que no eran solo de edad, sino de renuncias. Pero ella seguía adelante, sin mirarse demasiado, sin escucharse.
—Ya vendrá cuando tenga que venir —insistía.
Hasta que un día bajó a la calle. Tenía que ir a la farmacia. Nada extraordinario. Pero al salir, casi sin querer, alzó la vista hacia el cielo.
Y lo vio.
Lo vio de verdad.
El azul profundo, las nubes dibujando formas caprichosas, el vuelo libre de los pájaros. Le pareció algo deslumbrante. Sintió que el pecho se le abría. ¿Cómo era posible que aquello hubiera estado siempre allí y ella no lo hubiera visto? El sonido lejano de las alas, el murmullo del aire… todo le resultó inmenso, casi insoportable.
Por un instante creyó que iba a estallar de felicidad.
Aquella noche perpetua en la que había vivido durante años —esa rutina sin amaneceres— le había robado la mirada. Le había arrebatado los sueños antes incluso de que pudiera formularlos. La había mantenido ocupada, útil, necesaria… pero ausente.
Al regresar, pasó frente a un espejo y se detuvo.
Se miró.
Despacio recorrió con los ojos su rostro, sus manos, sus hombros vencidos por el peso invisible de los años. Y por primera vez se reconoció. No como madre, no como hija, no como esposa o cuidadora. Como mujer.
Ese día comprendió todo lo que había pospuesto.
Ese día perdió los suspiros…
y encontró el llanto.