lunes, 16 de febrero de 2026

Lo conocí dando vueltas


Era así de especial: nada más levantarse de la cama ya estaba imaginando qué haría ese día tan especial.

Si lucía el sol, sonreía. Si las nubes lo cubrían, se quedaba mirándolas, admirando sus formas y colores. Y si llovía, abría la puerta y sacaba la mano para dejar que las gotas le empaparan la piel, como si el agua le contara secretos.

Ese era su pequeño universo: un patio que recorría mil veces al día y una casa que lo protegía del viento y del frío. También había un gato blanco, con tonos dorados, que algunos días se dejaba acariciar y otros huía con indiferencia felina.

Su padre solía decirle que era un niño especial, aunque él no terminaba de entender qué significaba aquello.

Cuando cumplió doce años, sus padres lo llevaron a un colegio. Echaba de menos su patio y a su gato, pero todos le repetían que allí tendría amigos. Quien más insistía era don Adrián, un hombre mayor, de gafas redondas, con faldas y ropa oscura, que hablaba siempre con una calma extraña.

Un día, don Adrián lo llevó a pasear más allá del colegio. Lo que vio lo dejó sin aliento: cientos de árboles apoyados unos en otros, formando lo que su profesor llamó bosque.

Desde entonces vivía esperando el momento de volver a caminar cada tarde cerca de aquellos árboles. El bosque le había robado el corazón.

Una mañana, don Adrián lo acompañó hasta la estación y lo ayudó a subir a un tren.

Entre lágrimas, se despidió de él.

—Vuelves a casa —le dijo, con la voz quebrada por la emoción.

Antonio intentó mantenerse serio, pero una sonrisa le asomaba, inevitable.

Volvería a recorrer su patio. Volvería a buscar a su gato dorado.


Aquel día, Antonio fue feliz.

jueves, 12 de febrero de 2026

He tardado sesenta y cinco años…


Sesenta y cinco años en comprender que mi vida —sin saberlo— siempre fue el arte. En reconocer la emoción que late en un trazo, en una sombra que se alarga al caer la tarde, en una mirada que lo dice todo sin pronunciar palabra. Y aun así sé que no soy más que un principiante.

Un principiante hambriento de belleza.

Alguien que se estremece ante la pureza de una línea bien dibujada, que se detiene ante unos ojos como si fueran un paisaje infinito, que descubre en un gesto mínimo una historia entera. Y, sin embargo, me siento torpe, casi incapaz de plasmar la grandeza de esas cosas sencillas que me rodean y me sostienen.

Esa hoja que cae.

Esa calle desierta al amanecer.

Esa luz que entra oblicua por la ventana y lo transforma todo.

A veces siento una punzada de rabia —una rabia dulce y feroz— al contemplar ciertas imágenes que me sobrecogen. Me duele no haberlas creado yo, y al mismo tiempo las admiro con una gratitud inmensa. Son imágenes que me hacen soñar, que me arrancan del suelo y me elevan. En esos instantes mi alma parece abandonar el cuerpo y susurrarme al oído:

“No me esperes. Déjame convertirme en sueño. En el sueño de las imágenes, de las palabras, de la vida.”

Y comprendo que sentir es avanzar. Que cada emoción me transforma, me pule, me reconstruye. Que este cuerpo cansado y estas canas que me acompañan no son signo de declive, sino de camino recorrido. Y que basta un instante —un solo instante de luz y sombra— para que la ilusión vuelva a encenderse con la fuerza de la primera vez.

Quiero seguir soñando.

Aunque sea solo un minuto.

Aunque sea a solas.

Sentir la fuerza que me transmites —sí, aunque solo seas una imagen en mi mente— me basta para seguir.


Una y mil veces volvería a empezar.


miércoles, 28 de enero de 2026

Estábamos llegando a Cádiz.


Al girarme hacia ti las vi. Nunca había pensado que tuvieras unas piernas tan hermosas. No sé si fue el calor del viaje, el cansancio acumulado de la ruta o ese instante en el que la cabeza deja de mandar y solo mira.

Te observé entera, sentada a mi lado. Recorrí tu cuerpo con la mirada mientras adelantaba coches con el Audi, imaginando —con una sonrisa secreta— a los otros conductores maldiciéndome en silencio. No tanto por el coche, sino por ti.

Estoy seguro de que, aunque fuera solo por un segundo, se preguntaron qué elegirían: el Audi… o tú.

Yo tenía las dos cosas.

Y solté una carcajada muda, breve, apenas un soplo.

Entonces levantaste la mirada. Tus ojos me alcanzaron de lleno. Eran mi perdición y, al mismo tiempo, mi ancla. Y en ese instante lo entendí todo.

El Audi dejó de ser un Audi convirtiendose en un Renault cualquiera.

Tus piernas… esas seguían allí, maravillosas.

Y lo más importante: tu corazón viajaba junto al mío.

A hacer puñetas el Audi, Cádiz y todo lo demás.

Lo único que importa es que estés conmigo.


No quiero nada más.

jueves, 22 de enero de 2026

La aguja


Sí, soy una aguja. Respira hondo. Ya sé que no impresiona.

Pero no cualquier aguja.

Soy fina. Soy afilada. Soy brillante. Y, lo diré sin falsa modestia: cuando entro en una tela, se nota.

Mi punta es perfecta. No “más o menos afilada”, no. Afilada como una opinión mal dada en una cena familiar. Cruzo sedas, algodones y vaqueros con una suavidad que provoca envidia en el costurero. A veces creo oír suspiros.

Mi color, plateado con reflejos dorados, no es casual. Es genética. No me he visto nunca —no tengo ojos—, pero lo sé porque me lo repetian mientras me templaban, con ese tono reverencial que se usa para hablar de las cosas bien hechas.

Y menos mal que no tengo ojos. Porque el día que me pusieran un hilo verde pistacho o rosa chicle…

No respondería de mí. 

Eso no es costura, eso es una agresión estética. Yo prefiero pensar que siempre es blanco impoluto o negro elegante. Así puedo dormir tranquila… si es que las agujas dormimos.

El ojal es otro tema. El mío es proporcionado, funcional y con clase. No como el de otras, que parecen diseñadas por alguien con prisa y poco criterio. Una aguja sin un buen ojal es como un poeta sin drama: puede existir, pero ¿para qué?

Hace poco descubrí que tenemos familia. Alfileres, se llaman. Al principio me alegré. Luego me dijeron que no tienen ojal ninguno.

Trágico.

Una vida entera pinchando sin propósito. Los respeto, pero desde lejos.

Y luego están las chinchetas. Cortas, gorditas, con ese final redondo tan exagerado… No quiero ser cruel, pero eso no es una punta, es una decisión cuestionable.

Así que aquí estoy. En el estuche. Brillando. Esperando mi momento.

Porque no todas las agujas nacen para coser botones. Algunas nacemos para hacer costura con estilo.



domingo, 11 de enero de 2026

Tengo un reloj que funciona hacia atrás.



No es un prodigio tecnológico ni un objeto de lujo: es un simple Festina analógico que compré hace tres días en la relojería de mi barrio. Sin embargo, cuando lo activo, las manecillas giran en sentido inverso y el tiempo retrocede con ellas. El mundo entero desanda su camino: los aviones recogen sus estelas, la lluvia asciende desde el suelo, el mar devuelve las olas a la orilla y las palabras regresan a las bocas convertidas en balbuceos sin sentido. Lo irreparable se repara.

La primera vez que lo puse en marcha sentí cómo mis pensamientos se plegaban sobre sí mismos. Vi a una mosca volar hacia atrás y a mi gato huir de ella, grotesco. El miedo —que no entiende de direcciones temporales— me obligó a detener el reloj y esconderlo en el cajón de la mesita de noche.

Durante varios días intenté olvidarlo. No lo conseguí.

Hoy lo he sacado de nuevo. Volveré a hacerlo funcionar.

No para evitar tragedias ni para cambiar el curso de la historia. No para hacerme rico ni advertir a nadie de lo que vendrá. 

No.

Lo haré para regresar al sábado pasado, cuando vaciaste el armario y te marchaste de casa. Quizá retroceda un poco más y borre aquella frase que no debí decir, aquel gesto torpe, aquellos silencios. Diré te quiero cada vez que lo pensé y no lo pronuncié.

Dicen que cambiar el pasado puede destruir el presente. Hoy asumiré ese riesgo.

Me pongo el reloj en la muñeca, respiro hondo y activo el mecanismo.

Con la esperanza de que regreses, pulso el botón.


Clic.

jueves, 8 de enero de 2026

Sainete del encuentro


Dos personas se acercan por la acera. Son dos hombres de mediana edad, pelin orondos ambos —bueno, uno más que el otro—, con barba abundante; en uno de los casos, tan poblada que le inunda la barbilla y alcanzaría incluso el nudo de la corbata, de llevarla. Aquellos dos dandis se encuentran, chocan las manos y, tras un saludo en forma de besos, comienzan a hablar.

—Bon dia, Josep Maria. ¿Cómo estás, bribón?

—No tan bien como tú, amigo Rafa. ¿Qué te cuentas?

—Por ahora, poco —responde—. Haciendo vida de jubilado. ¿Y tú, cómo llevas la vida?

—Pues bien, liado, de aquí para allá, casi sin tiempo de meterme con las fotos. Y tú, ¿cómo te ha ido el final y el inicio de año?

—Lo de siempre: unos pocos excesos y poco más. ¿Y tú?

—Ya sabes, con la familia y esas cosas.

Desde el otro lado de la calle, una señora ya mayor, discreta ella, los observa con

curiosidad. Se pregunta de qué hablarán aquella pareja tan parecida, casi idéntica.

 Si no fuera —piensa— porque me tiene que recoger mi hija aquí mismo, me acercaría de buena gana a enterarme.

Pero volvamos a ellos.

—¿Cómo es posible que coincidamos tan poco viviendo tan cerca? —pregunta Rafa.

—Es que llevamos horarios distintos. Yo, cada día, paso por delante del patio de tu casa al menos dos veces.

—A mí me pasa igual —responde Josep Maria—. Cuando salgo de casa y bajo la calle, que es casi siempre, miro hacia tu patio a ver si te veo.

—Pues no tenemos más que adecuar los horarios y listo —dice Rafa, sonriendo.

—Ja, ja —ríe Josep Maria—. Así nos veríamos todos los días, varias veces.

—Pero entonces se nos acabaría la conversación —contesta Rafa entre risas—. Y además tendríamos que decírselo a nuestras mujeres y amistades varias, porque si nos ven juntos a todas horas pensarán que hemos empezado un noviazgo.

La señora observadora ya no puede más. Se ha acercado unos metros y con solo cruzar la calle podría integrarse en la conversación. Además, desde que oye las risas, su curiosidad es aún mayor.

—Bueno, dejémoslo como hasta ahora —dice riendo Josep Maria.

—Sí, será lo mejor —asiente Rafa—. Lo que sí podríamos instaurar es el cafecito

quincenal, así al menos tendremos asegurado el encuentro.

—Buena idea —responde Josep Maria—. Me apunto.

En ese momento, un claxon interrumpe la charla. Es la hija de la señora, que viene a recogerla. La pobre abandona la idea de cruzar la calle y se dirige hacia el coche murmurando entre dientes:

—Me enteraré… juro que tarde o temprano me enteraré.

jueves, 1 de enero de 2026

El vendedor de sueños


El vendedor de sueños llegó al pueblo una fría mañana de invierno en su vieja furgoneta azul, anunciando por un megáfono su mercancía imposible: sueños de amor, de valor, de riqueza, de salud, de pasión. Los vendía en pequeños frascos de cristal, cada uno teñido del color de la promesa que contenía. Era el único autorizado en la provincia, y algunos sueños —los prohibidos— los guardaba ocultos, solo para clientes de absoluta confianza.

Nadie sabía su edad ni su origen. Los más viejos juraban haberlo visto ya antes de la guerra, siempre igual, siempre ofreciendo lo mismo. Tampoco se ponían de acuerdo sobre el origen de aquellas esencias: África, Alemania, Portugal… El vendedor nunca desmentía nada.

Pronto, los vecinos acudieron a la plaza. El alcalde compró un sueño de poder; doña Gertrudis, uno místico; el sargento, uno de honor. Soledad, la bibliotecaria, eligió un sueño de seducción, mientras el tímido señor Gómez, enamorado de ella en silencio, adquiría uno de conquista amorosa. Lola, la prostituta, pagó un sueño de pasión romántica; Valentín, el campesino pobre, recibió fiado un sueño de abundancia; el farmacéutico escéptico, uno de juventud; y Marcela, madre de un niño tullido, un frasco verde de salud y bienestar.

Al caer la tarde, cuando el vendedor ya se disponía a marcharse, se le acercó el cartero. Le confesó que, tras leer cada día las vidas ajenas, estaba agotado de soñar. Anhelaba una noche sin sueños. El vendedor le entregó entonces un frasco transparente: el sueño del olvido. No quiso cobrarle.

Esa noche, cada vecino soñó aquello que más deseaba. Poder, amor, gloria, juventud, riqueza, salud. Todos encontraron consuelo en sus sueños.

El cartero, en cambio, soñó con la nada: una llanura blanca, infinita y silenciosa, cubierta de nieve.


Y al despertar, por primera vez en mucho tiempo, descansó.