miércoles, 7 de octubre de 2026

La bolsa de palomitas


Ya antes de sentarme cojo alguna. No puedo evitarlo. Mientras busco mi sitio, las miro con deseo, como si aquellas pequeñas bolas blancas pudieran hacerme olvidar por un instante todo lo demás. Me siento, dejo la bolsa a un lado y, por un momento, intento convencerme de que resistiré. Que esta vez esperaré. Que hasta que no se apaguen las luces no cogeré ninguna más.

Pero ya casi no voy al cine.

Porque cuando las luces se apagan, cuando la sala queda sumergida en la oscuridad y la pantalla comienza a iluminarse, sucede siempre lo mismo: recuerdo que me faltas tú.

Entonces la película desaparece. También desaparecen la Coca-Cola, las palomitas y todo aquello que había preparado para distraerme. Solo queda esa enorme angustia que me acompaña desde que te marchaste. Una angustia que se instala en el pecho y que no sabe de horarios ni de lugares.

Desde entonces, en mi casa no se apaga la luz.

Ni de día ni de noche.

Necesito tenerlo todo iluminado, como si la oscuridad pudiera traerme de vuelta tus recuerdos. He buscado la calma en el alcohol, en las noches largas y en la compañía de otras personas, pero nada consigue apartarte de mí. Siempre terminas regresando. Tu mirada, tu sonrisa, tu manera de hablar, aquellos pequeños gestos que entonces parecían insignificantes y que ahora daría cualquier cosa por volver a contemplar.

Y, en el fondo, sé la verdad.

Sé que soy un cobarde. Un cobarde que no se atreve a dar el paso necesario para volver junto a ti.

Desde nuestra ventana todavía puedo ver crecer las margaritas.

Esas margaritas que tanto te gustaban.

Las veo aparecer con la primavera, abrirse lentamente buscando el sol y, después, marchitarse. Las observo desde el mismo lugar donde tantas veces estuvimos juntos, mientras yo permanezco cabizbajo, avergonzado de mí mismo y de todo aquello que no soy capaz de hacer.

Mañana volveré a acercarme a ti.

Llevaré otro ramo de margaritas y lo dejaré, como cada año, debajo de tu nombre.

Y me quedaré allí unos minutos, en silencio, pensando en aquella última vez que te vi, en todo lo que no te dije y en todo lo que ya nunca podré decirte.

Después regresaré a casa.

Encenderé todas las luces.

Y volveré a ser, durante otro año, el cobarde que he sido hasta ahora.

lunes, 5 de octubre de 2026

La rutina del espejo


Siempre que me miro en ti busco algo más. Algo que no está en la superficie, algo que se esconde detrás de la imagen que me devuelves. Sé que, al otro lado de ese reflejo, existe una puerta. Una puerta silenciosa que se abre hacia un territorio donde todo es posible: el infinito mundo de los sueños.

Tú todavía no sabes que mi imagen también transita por ti, que una parte de mí queda suspendida en tu superficie cada vez que nuestros ojos se encuentran. No sabes que esos reflejos que se adivinan detrás de mi espalda no son simples formas, sino fragmentos de una realidad que nace de la luz y que avanza, lentamente, al mismo ritmo que nuestras vidas.

A veces pienso que el espejo no refleja lo que somos, sino aquello que estamos dejando de ser. 

Guarda nuestros gestos, nuestras ausencias, las pequeñas heridas del tiempo y todo aquello que nunca llegamos a decir.

Por eso tengo miedo cada vez que levanto la mirada hacia ti, porque nunca sé exactamente qué voy a encontrar.

No sé si seguiré estando ahí.

No sé si el reflejo será todavía mío o si, en algún momento, la imagen desaparecerá y solo quedará una superficie vacía, devolviéndome el silencio.

Y quizá por eso vuelvo a mirarte una y otra vez.

Por rutina.

Por miedo.

O simplemente para comprobar que, al otro lado del espejo, todavía existo.


jueves, 1 de octubre de 2026

La enésima vez

 


Era la enésima vez que lo intentaba.

Buscó la bolsa que tenía olvidada detrás de la puerta y la cogió con determinación. Esta vez sí. De hoy no pasa, se dijo mientras comprobaba que llevaba todo lo necesario.

Bajó a la calle y, por un momento, se dirigió hacia el coche. Ya tenía la mano casi sobre la puerta cuando se detuvo.

—No, qué demonios… Mejor voy andando.

Cerró el coche y echó a andar.

Nada más cruzar la calle observó, casi por primera vez, el incesante ir y venir de la gente. Hombres y mujeres caminaban deprisa, absortos en sus pensamientos, mirando el teléfono, hablando entre ellos o simplemente avanzando sin reparar en quienes se cruzaban en su camino. Un sinfín de personas que parecían tener algo urgente que hacer.

Pensó en lo ocupados que estaban todos.

Él también tenía algo importante que hacer.

—Hoy lo voy a conseguir —se prometió—. No buscaré más excusas.

Siguió caminando.

Al pasar por delante de la taberna, sus pasos se ralentizaron casi sin querer. Era una costumbre adquirida durante tantos años que su cuerpo parecía conocer el camino mejor que su cabeza. Instintivamente estuvo a punto de entrar, pero reaccionó justo a tiempo.

No. Primero lo mío.

A través del cristal vio a la camarera. Estaba sola detrás de la barra y, al reconocerlo, hizo una pequeña mueca de disgusto.

Recordó entonces el primer día que había entrado en aquel lugar. Lo que más le había llamado la atención había sido la extraña combinación de estilos: aquellas paredes de madera, sobrias y oscuras, que parecían pertenecer a otra época, y aquel mobiliario excesivamente moderno, casi fuera de lugar.

Con el tiempo se había acostumbrado a aquella curiosa simbiosis. Y, sobre todo, se había acostumbrado al trato que recibía allí. A las conversaciones, a las bromas, a la sensación de que aquel lugar era un pequeño refugio al que siempre podía regresar.

Por eso aquella mueca no le pasó inadvertida. Durante unos segundos estuvo tentado de volver atrás pero siguió caminando.

Después de un buen rato llegó finalmente a su destino.

Desde lejos ya le llamó la atención la escasa actividad que había alrededor. No se veía a nadie. Tampoco se escuchaba ningún ruido. Incluso la luz parecía más tenue que de costumbre.

Mejor así, pensó. Estaré mucho más tranquilo.

Se acercó unos metros más y entonces empezó a notar que había algo extraño.

Miró la fachada. Miró las ventanas. Volvió a mirar la puerta.

Fue entonces cuando lo comprendió todo.

Estaba cerrado.

Se quedó inmóvil durante unos segundos, con la bolsa todavía en la mano.

Miró el horario pegado en la puerta.

Lo leyó una vez.

Y otra.

Después dejó escapar un suspiro.

—¡Leches…!

Bajó la cabeza, derrotado.


Otro día más sin conseguir aprender a bailar claqué.




viernes, 4 de septiembre de 2026

La música sonaba en tu habitación.


Siempre me había preguntado qué secretos se escondían detrás de aquella puerta azul. Azul como tus ojos, azul como aquella flor que un día me atreví a regalarte, azul como los recuerdos que todavía hoy, tantos años después, conservan intacta su luz.

A veces me quedaba unos segundos detenido en el pasillo, fingiendo buscar algo, mientras al otro lado de la puerta tu voz susurraba una canción. Cantabas bajito, casi con miedo de que alguien pudiera escucharte. Yo, en cambio, afinaba el oído cuanto podía, intentando atrapar cada una de aquellas notas. Tú procurabas no molestar; yo deseaba que no dejaras nunca de cantar.

Aquella voz me hacía soñar.

Soñaba con que algún día te dieras cuenta de que yo estaba allí. De que existía. De que cada vez que aparecías por aquel pasillo mi corazón se apresuraba de una manera que no sabía explicar. Buscaba cualquier excusa para cruzarme contigo, para caminar a tu lado unos metros, para regalarte una sonrisa que seguramente nunca llegaste a entender.

Y tú pasabas junto a mí.

Siempre pasabas junto a mí.

A veces levantaba la mirada esperando que tus ojos encontraran los míos, pero nunca sucedió. Aquellos ojos azules, que yo conocía de memoria sin que jamás me hubieran mirado de verdad, seguían su camino. Y yo me quedaba allí, con aquella sonrisa absurda que solo existía por ti, viendo cómo te alejabas por el pasillo.

Cuando recuerdo aquellos años, todo aparece envuelto en una extraña oscuridad. Una época gris, silenciosa, casi olvidada, en cuyo fondo permanece una única luz.

Tú eras esa luz.

Y durante mucho tiempo viví esperando que algún día ocurriera algo. Que te detuvieras. Que preguntaras mi nombre. Que descubrieras que había alguien que esperaba cada encuentro fortuito como quien espera un milagro. Que comprendieras que detrás de aquella mirada tímida había una vida entera que, sin saberlo, empezaba a girar alrededor de la tuya.

Pero nunca ocurrió.

Después llegaron los años.

La residencia quedó atrás, los pasillos se llenaron de otros pasos, las habitaciones cambiaron de habitantes y aquella puerta azul desapareció de mi vida. O quizá fui yo quien aprendió a vivir sin buscarla.

Han pasado tantos años y sin embargo, algunas noches la memoria tiene la extraña crueldad de devolverme allí.

Entonces vuelvo a verte.

Aquel pelo rubio, aquellos ojos azules, aquella manera de caminar que tantas veces seguí con la mirada. Intento imaginar cómo serás ahora, qué habrá hecho el tiempo contigo, si conservarás aquella sonrisa que apenas recuerdo haber visto.

Pero hay algo que el tiempo no ha conseguido borrar.

Tu voz.

Aquella maravillosa voz que llegaba desde detrás de una puerta azul.

A veces cierro los ojos y vuelvo a escucharla. No recuerdo la canción, ni siquiera estoy seguro de recordar correctamente la melodía. Tal vez la memoria la haya inventado para mí. Tal vez ya no fueras tú quien cantaba, sino la persona que yo necesitaba imaginar.

Pero entonces sonrío.

Porque durante unos instantes vuelvo a ser aquel muchacho que se detenía en un pasillo, esperando que una puerta se abriera.

Y mientras la música vuelve a sonar en aquella habitación que ya no existe, sigo esperando, como entonces, que alguna vez levantes la mirada.



martes, 1 de septiembre de 2026

El mar rojiizo


Abrí la puerta de la habitación.

Había sido una noche intensa. Primero soñé con cinco aviones que se estrellaban uno tras otro, dejando en el cielo largas cicatrices de humo. Después corría por una selva espesa, húmeda y oscura, esquivando leones que aparecían entre los árboles como sombras doradas.

En fin, más me habría valido quedarme despierto. A veces me pasaba: en vez de descansar, pasaba la noche entera trabajando en sueños ajenos, sobreviviendo a peligros absurdos y despertando más cansado de lo que me había acostado.

Pero ahora ya estaba duchado, vestido y dispuesto a aprovechar el día. Durante años había soñado con hacer un crucero. Nunca había vivido en el mar, ni siquiera había navegado demasiado, pero algo en aquella inmensidad me atraía desde siempre: la idea de despertar sin tierra a la vista, de sentir que el horizonte no pertenecía a nadie.

Por eso crucé el portal de mi habitación y, siguiendo las indicaciones del pasillo, me dirigí hacia cubierta.

Jamás hubiera imaginado encontrar un mar así.

El agua era rojiza, brillante, casi metálica. Parecía que alguien hubiera derramado vino sobre el océano. Las olas se levantaban altas y lentas, amenazantes, como si respiraran. Me asombró el color, pero fue el oleaje lo que realmente me intimidó.

Sin embargo, el barco no se movía.

Ni un balanceo. Ni una vibración bajo los pies.

Pensé en la tecnología, en los estabilizadores, en esos sistemas imposibles que hacen que una ciudad flotante atraviese tormentas como si nada. Entonces recordé aquel chiste del herrero que, en un pueblo perdido, mientras cambiaba una herradura a un caballo, vio pasar un avión por el cielo, lo miro y dijo con admiración:

—Lo que hacemos los ingenieros.

Sonreí solo.

Me acerqué a la barandilla y me asomé. Allí estaba aquel mar rojo, intenso y luminoso, extendiéndose hasta perderse en el horizonte.

De repente, desperté.

Me toqué la frente: estaba empapada de sudor. Miré el reloj. Las seis y cuarto. En cinco minutos sonaría el despertador.

Me levanté antes de que sonara, lo apagué y me metí en la ducha. Mientras el agua resbalaba por mi pecho, pensé en aquel mar rojo, violento y brillante.

Sonreí.

Cualquier día de estos me voy a volver loco, pensé.

Y, todavía sonriendo, me sequé con la toalla.



miércoles, 19 de agosto de 2026

Solo en la noche


Solo en la noche me permito imaginar cómo habría sido mi vida si hubiera nacido rodeado de otras personas, en otro lugar, bajo otro cielo.

A veces pienso que bastaría con haber nacido a uno o a mil kilómetros de donde nací para que todo hubiera sido diferente. Otros amigos, otras calles, otra casa, otras palabras aprendidas de niño. Quizá otras heridas. Quizá otras alegrías.

Porque somos, en gran parte, aquello que las circunstancias hicieron de nosotros.

Y entonces me pregunto qué habría ocurrido si aquella mañana hubiese nacido en otro lugar. Si mis padres hubieran tomado otras decisiones. Si alguien hubiera llegado un día antes o un día después. Si una puerta se hubiera abierto cuando otra permanecía cerrada.

¿Quién sería yo?

Es una pregunta que solo puedo hacerme cuando llega la noche, cuando el ruido desaparece y la vida deja de exigir respuestas.

Busco entonces una razón para haber nacido aquí.

Una sola.

Algo que me permita pensar que todo tuvo un sentido, que este lugar, estas personas, estas pérdidas y estos encuentros estaban de alguna manera destinados a formar la vida que ahora llamo mía.

Pero nunca encuentro la respuesta.

Quizá porque no existe.

Quizá porque la suerte y la desgracia son únicamente dos maneras diferentes de mirar el mismo camino.

Todos somos, al mismo tiempo, víctimas y afortunados de las circunstancias que nos han convertido en quienes somos. Llevamos dentro las decisiones que tomamos y también aquellas que otros tomaron por nosotros. Somos hijos de nuestros deseos, pero también de nuestras casualidades.

Y de vez en cuando, cuando la noche es suficientemente larga, aparece esa pregunta que nadie puede contestar:

¿Qué habría pasado si...?

Si hubieras nacido allí.

Si hubieras conocido a aquella persona.

Si hubieras elegido aquella otra puerta.

Si hubieras dicho que sí.

Si hubieras dicho que no.

Si hubieras llegado cinco minutos antes.

Si aquella despedida nunca hubiera ocurrido.

Quizá exista otra versión de nosotros en algún lugar imposible, viviendo una vida completamente diferente.

O quizá no.

Quizá nuestra única verdad sea esta.

Este lugar.

Este momento.

Esta vida.

Y todas las personas que, por una extraordinaria combinación de casualidades, terminaron cruzándose con nosotros.

Por eso, cuando la noche vuelva a preguntarme quién habría sido de haber nacido en otro sitio, intentaré no buscar una respuesta.

Me limitaré a mirar por la ventana.

Respirar.

Y pensar que, entre millones de vidas posibles, esta fue la que me tocó vivir.

Y ahora que lo pienso...

quizá eso sea suficiente.


Piénsalo.


miércoles, 5 de agosto de 2026

Maldito torreón

1848

Manuel apenas tenía trece años cuando sus padres lo despidieron en el puerto. No sabían leer ni escribir, pero sí conocían el lenguaje del hambre, y sabían que, si permanecía en el pueblo, jamás tendría un futuro.

Con una pequeña maleta de madera y un puñado de lágrimas ocultas, embarcó rumbo a Sudamérica para vivir con unos parientes lejanos.

El viaje fue el primero de muchos.

Los primeros años conoció el desprecio, la soledad y el trabajo más duro. Aprendió antes a negociar que a escribir su propio nombre. Descubrió que el dinero obedecía a quien sabía esperar y arriesgar, y poseía un talento natural para ambas cosas.

Con el paso del tiempo se convirtió en un comerciante brillante.

A los treinta y cuatro años era dueño de una de las navieras más prósperas del continente. Había acumulado una fortuna inmensa, pero cada noche, antes de dormir, regresaba con la memoria a los acantilados donde había pasado su infancia.

La nostalgia terminó venciendo a la ambición. Regresó a España.

Buscó un lugar que le recordara los paisajes americanos y lo encontró junto al mar, sobre un impresionante acantilado desde el que se dominaban el puerto, las playas y el horizonte infinito.

Allí mandó construir un palacio.

No escatimó en gastos. Trajo especies vegetales de medio mundo, levantó jardines exuberantes, fuentes de mármol y senderos ocultos entre árboles exóticos. Donde antes solo había prados castigados por el viento nació un pequeño paraíso que parecía arrancado del corazón de una selva tropical.

Desde aquel vergel siguió dirigiendo sus negocios.

Su fortuna transformó también el pueblo. Se amplió el puerto, llegaron nuevos comerciantes y el pequeño enclave pesquero comenzó a prosperar al ritmo de sus barcos.

Fue entonces cuando conoció a Elena.

Era mucho más joven que él.

Poseía una belleza serena, casi irreal, y unos ojos que parecían guardar el mismo color cambiante del mar.

Elena apenas tenía familia y encontró en Manuel no solo un esposo, sino un refugio. Él descubrió en ella aquello que el dinero nunca había conseguido comprar: la paz.

Se casaron pocos meses después.

La felicidad parecía completa.

Solo había una sombra.

El mar.

Por mucho que Manuel intentara delegar responsabilidades, había viajes que solo él podía realizar. Cada partida dejaba a Elena sumida en una tristeza silenciosa. Pasaba las tardes caminando junto al borde del acantilado, contemplando el horizonte hasta que el último barco desaparecía.

No soportando verla sufrir, Manuel decidió levantar una torre junto al palacio.

Desde allí podría divisar el puerto y esperar su regreso protegida del viento y de las tormentas.

El torreón nació por amor.

Con el tiempo se convirtió en el lugar favorito de Elena.

Pasaba horas enteras junto a la ventana observando el mar. Ningún criado podía entrar. Decía que allí podía escuchar la respiración de las olas y sentir más cerca a su marido.

Una noche de otoño, mientras Manuel navegaba de regreso, una tormenta inesperada cubrió el cielo.

Los relámpagos rasgaban la oscuridad.

El viento hacía temblar los cristales del torreón.

Elena distinguió entre la lluvia las luces del barco aproximándose al puerto.

Como hacía siempre, colocó una lámpara encendida junto a la ventana.

Era la señal convenida entre ambos.

«Estoy aquí.»

Permaneció inmóvil viendo cómo el navío luchaba contra las olas.

Cada embestida del mar parecía la última.

De pronto una violenta racha de viento cambió el rumbo de la embarcación.

El casco se estrelló contra el arrecife.

El estruendo llegó hasta la torre.

Después...

Solo silencio.

Los vecinos bajaron corriendo hacia las rocas.

Los criados hicieron lo mismo.

Pasó una eternidad hasta que uno de ellos regresó.

No hacía falta que hablara. Su rostro lo decía todo.

Elena sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.

No lloró.

No gritó.

Simplemente caminó hasta la ventana abierta del torreón.

Miró una última vez el mar.

Y se dejó caer al vacío.

Justo cuando su cuerpo alcanzaba el suelo, un carruaje atravesó la entrada del palacio.

Manuel descendió de él.

Había visto la tormenta formarse antes de embarcar y, para evitar que Elena sufriera durante la travesía, decidió regresar por tierra.

Solo unas horas de retraso.

Solo unas horas.

Las suficientes para contemplar, impotente, el cuerpo de su esposa tendido sobre la piedra.

Dicen que aquella misma noche Manuel se encerró en el torreón.

Nadie volvió a verlo salir.

Durante semanas los sirvientes escucharon su llanto mezclarse con el rugido del mar.

Hasta que una madrugada...

El silencio.

Al amanecer encontraron su cuerpo junto a la misma ventana desde la que Elena había dado su último paso.

Desde entonces el palacio permanece abandonado.

Los habitantes del pueblo evitan acercarse cuando cae la noche.

Quienes se atreven aseguran que, durante las tormentas, una luz vuelve a encenderse en la ventana del torreón.

Algunos dicen escuchar el llanto de una mujer.

Otros, la voz de un hombre llamándola por su nombre.

Y hay quien jura haber visto dos sombras abrazadas frente al mar, esperando un barco que nunca llegará.


Maldito torreón.