jueves, 2 de abril de 2026

Subió al avión


Desde hacía un tiempo dormía mal. No era un insomnio cualquiera, sino una inquietud persistente que lo acompañaba como una sombra. Le atenazaban dos sentimientos opuestos: por un lado, el deseo casi irrefrenable de emprender aquel viaje —difícil, casi imposible por otros medios—; por otro, el miedo a lo desconocido, a esa experiencia nueva que no lograba dominar.

Sabía que cada día despegaban cientos de aviones y que, en la inmensa mayoría de los casos, no ocurría nada. Pero precisamente ahí residía su angustia. Era una persona racional, conocía el cálculo de probabilidades, y eso lo condenaba a no poder ignorar la posibilidad, por pequeña que fuera, de que todo saliera mal. Y esa mínima grieta en la certeza era suficiente para inquietarlo.

Aquella noche había dormido peor que nunca. Se dijo que era por los nervios del viaje, pero en el fondo sabía que el verdadero temor no estaba en el trayecto, sino en lo que le esperaba al otro lado. No temía el vuelo: temía el cambio.

Ese viaje era el resultado de meses —quizá años— de dudas. Le había costado demasiado dar el paso. La eterna pregunta entre acertar o equivocarse lo había acompañado cada noche, desgastándolo lentamente. Al principio creyó que sería algo pasajero, pero con el tiempo comprendió que aquel desasosiego había llegado para quedarse, como un compañero silencioso.

Quedaban atrás los primeros intentos por anestesiar el miedo: el alcohol, las malas compañías, incluso algún tímido acercamiento a las pastillas. Nada había funcionado. Con el tiempo, simplemente aprendió a convivir con ello.

Cuando subió al avión, sintió que le faltaba el aire. No era solo el inicio de un viaje: era el umbral de una vida nueva. Aquel vuelo era su pasaje hacia algo que había anhelado durante demasiado tiempo: el amor, la posibilidad de empezar de nuevo, de reconstruirse.

Todo cambiaría.

Lo sentía con una claridad casi dolorosa. Por eso, dentro de él se mezclaban la euforia y una tristeza profunda por todo lo que dejaba atrás.

El avión comenzó a rodar. Luego, el empuje. Sintió cómo el corazón se le encogía. Se aferró al asiento con las manos tensas, intentando disimular el miedo. Miró a su alrededor, buscando un ancla, algo que lo sostuviera.

Entonces la vio.

Una anciana lo observaba con una leve sonrisa, tranquila, como si todo aquello no fuera más que un gesto cotidiano.

—Tranquilo —le dijo con voz suave—. Si quieres, puedes agarrarte a mí.

Intentó sonreír. El impulso cesó poco a poco. El corazón, desbocado, comenzaba a regresar a su ritmo habitual. Por un instante creyó que todo estaba bien.

Y entonces ocurrió.

Fue tan rápido que apenas hubo tiempo para comprenderlo. Un estruendo seco a su espalda, una sacudida brutal… y después, el fuego.

Una ola ardiente atravesó el avión como un suspiro violento.

Solo tuvo tiempo de girar la cabeza para ver el rostro de la anciana, ahora desencajado, mirándolo fijamente.


jueves, 19 de marzo de 2026

Otra noche más en vela…


La idea —esa que no se atreve a nombrar— se le acerca como una sombra paciente. Ya no irrumpe: se posa. Y en esa quietud entiende que hay sumas cuyo único alivio es la resta.

El mundo se le deshace sin estruendo, como una tela que cede hilo a hilo. Intenta comprender en qué instante exacto comienza el derrumbe, cuándo la luz deja de ser refugio y el crepúsculo se convierte en aviso. Pero el pensamiento no alcanza, no ilumina, no salva.

El cielo arde en rojos lentos, casi hermosos. Y, sin embargo, no ve belleza: ve una herida que se abre paso hacia la noche. Una noche que no es descanso, sino frontera. Que no separa el día del sueño, sino al presente de cualquier mañana posible.

Y el ciclo regresa, siempre. No como repetición, sino como condena: un círculo torcido, de variables invisibles que ya nacen con su resultado escrito. No hay sorpresa, no hay desvío. 

Solo una certeza que se repite con precisión implacable.

Se busca en lo que queda de sí mismo. Se observa como quien examina una ruina.

Finge creer que es transitorio, que bastará con esperar, con resistir. Pero la paciencia es ya un cuerpo ausente: se consumió antes de ser gesto, se secó antes de tocar la piel.

Pronto amanecerá. La luz caerá sobre los árboles vencidos, el aire traerá ese olor de otoño que es mitad memoria, mitad despedida. Y tal vez, por un instante, pensará que todo ha sido un mal sueño.

Pero sabrá —con esa lucidez que no consuela—

que la noche volverá.


Y con ella, intacta, la sombra.



Dedicado a ti, ya sebes el porque...

martes, 17 de marzo de 2026

El reflejo


Se acercó y miró el agua.

Allí, en la superficie temblorosa, sus propios ojos le negaban el fondo. La fuente no era profundidad, sino espejo. Y el espejo, un límite.

El viento apenas rozaba el agua, pero bastaba para quebrar la quietud en pequeños latidos. Ondas leves, casi respiraciones, que deformaban su rostro y lo devolvían distinto, como si no le perteneciera del todo.

Entonces creyó verla.

Al otro lado del reflejo.

Al otro lado de la vida.

No fue una certeza, sino una intuición líquida, frágil, como todo lo que nace del agua. Y, sin embargo, suficiente.

El tiempo se disolvió sin ruido. Quedó suspendido en ese instante que no avanza ni retrocede, donde solo existe un pensamiento que nunca llega a formarse. Algo fluía a su alrededor —o tal vez dentro—, pero no lograba nombrarlo, ni retenerlo, ni huir de él.

Y no pudo apartar la mirada.

Quedó atrapada en esa superficie que no mostraba, que solo devolvía. Prisionera de una profundidad que no estaba abajo, sino en lo que se insinuaba.

Yo la observaba a unos pasos.

Vi cómo su respiración se volvía irregular, cómo algo invisible la iba ocupando con una dulzura inquietante. No era violencia: era un llamada. Un embrujo lento, casi delicado, del que no se regresa sin perder algo.

Pensé en acercarme.

Una vez.

Cien veces.


Pensé en tomarla del brazo, en romper aquel hechizo de agua y silencio. Pero algo —una duda, un miedo antiguo, una certeza sin nombre— me retuvo. Aparté la mirada, me obligué a pensar en cualquier otra cosa, en todo aquello que no fuera ella, como si el olvido pudiera construirse a voluntad.

No lo conseguí.

Ahora, cuando el tiempo ha hecho de aquel instante una herida quieta, cada fuente me la devuelve. Cada superficie de agua guarda su ausencia, su gesto suspendido, su mirada detenida en lo imposible.

Y siempre, inevitable, regresa la misma pregunta:


si mi vida habría sido otra

si aquel día

hubiera sabido rescatar su mirada.

lunes, 23 de febrero de 2026

Ese día…



Cada mañana se levantaba la primera. Siempre. Aún era noche cerrada cuando cruzaba el pasillo y, al pasar frente a las ventanas, veía su reflejo desdibujado en el cristal oscuro. No recordaba haberse permitido nunca el lujo de quedarse un minuto más en la cama.

Desde niña había sido así. Su madre le pidió ayuda una vez, y pocos días después ya cargaba con una parte esencial de aquella casa. Cocinar, limpiar, ordenar, cuidar. Aprendió pronto que el cansancio no era excusa. Nunca entendió del todo qué impulsa a una mujer a traer tantos hijos al mundo cuando apenas hay tiempo para respirar.

Dejó el café el día en que le dijeron que tenía la tensión alta. Ella pensaba que era consecuencia de tantas horas de trabajo, de tanto esfuerzo silencioso. Pero el médico había estudiado, y ella no. Así que obedeció sin discutir. Como había obedecido siempre.

Tampoco sabía bien qué significaban las palabras amor o cariño. No porque no las hubiera oído, sino porque nunca tuvo espacio para detenerse a sentirlas. Encerrada entre aquellas paredes, ocupada en que nada faltara, jamás se concedió el tiempo para preguntarse qué deseaba ella.

—Ya llegará cuando tenga que llegar —se repetía, como si el tiempo fuera un aliado fiel.

Y mientras tanto, no se daba cuenta de que se iba apagando poco a poco. Aquel cabello castaño, antes brillante, comenzaba a llenarse de canas. Su rostro, antaño terso, mostraba ahora surcos que no eran solo de edad, sino de renuncias. Pero ella seguía adelante, sin mirarse demasiado, sin escucharse.

—Ya vendrá cuando tenga que venir —insistía.

Hasta que un día bajó a la calle. Tenía que ir a la farmacia. Nada extraordinario. Pero al salir, casi sin querer, alzó la vista hacia el cielo.

Y lo vio.

Lo vio de verdad.

El azul profundo, las nubes dibujando formas caprichosas, el vuelo libre de los pájaros. Le pareció algo deslumbrante. Sintió que el pecho se le abría. ¿Cómo era posible que aquello hubiera estado siempre allí y ella no lo hubiera visto? El sonido lejano de las alas, el murmullo del aire… todo le resultó inmenso, casi insoportable.

Por un instante creyó que iba a estallar de felicidad.

Aquella noche perpetua en la que había vivido durante años —esa rutina sin amaneceres— le había robado la mirada. Le había arrebatado los sueños antes incluso de que pudiera formularlos. La había mantenido ocupada, útil, necesaria… pero ausente.

Al regresar, pasó frente a un espejo y se detuvo.

Se miró.

Despacio recorrió con los ojos su rostro, sus manos, sus hombros vencidos por el peso invisible de los años. Y por primera vez se reconoció. No como madre, no como hija, no como esposa o cuidadora. Como mujer.

Ese día comprendió todo lo que había pospuesto.


Ese día perdió los suspiros…

y encontró el llanto.



viernes, 20 de febrero de 2026

Miré por el ventanal



El jardín estaba cubierto de hojas secas, como si el otoño hubiera decidido quedarse a vivir con nosotros.

—¿Recuerdas cuando vinimos a esta casa? —te pregunté, rodeándote la cintura con los brazos y acercándote despacio hacia mí.

—Hace frío fuera —respondiste, apoyando la frente en mi pecho.

Sentía la tersura de tu piel bajo mis manos. Te estrechaba con suavidad, como si temiera que el tiempo pudiera arrebatarnos aquel instante. Tu aroma, esa mezcla imposible de miel y viento fresco, me envolvía hasta hacerme perder el sentido del lugar.

—Aunque viva cien años, siempre me sorprenderá tu olor —susurré.

Estallaste en carcajadas.

—Soso —dijiste, riendo, mientras me dabas un pequeño golpe en el pecho.

Me habría gustado salir y pisar las hojas mientras tú me mirabas desde dentro, protegida del frío. No quería que salieras; el viento era demasiado cortante para tu piel, demasiado áspero para tus manos.

Recuerdo el día que te conocí. Me quedé prendado de tus ojos antes incluso de saber tu nombre. Tu sonrisa tenía algo desarmante, algo que me obligaba a creer en la posibilidad de un mundo mejor. Pero jamás imaginé que compartiríamos tanto: tardes interminables, silencios cómodos, proyectos, miedos, promesas.

Bajaste la mirada entonces, frente al ventanal. Te vi feliz. También algo nerviosa. Intentaste apartarte, como si la emoción te pesara.

—Vamos —dijiste de pronto, y tiraste de mi mano con esa energía tuya que siempre me descolocaba.

—Qué no haría yo por ti… —respondí.

Volviste a reír. Me empujaste hacia el jardín y cerraste la puerta tras de mí. A través del cristal te veía doblarte de risa, con esa alegría limpia que siempre me desarmaba.

Ven… —te decía con las manos, exagerando el gesto.

Tú negabas con la cabeza y sonreías, refugiada en el calor de la casa mientras yo hundía los pies entre las hojas, fingiendo una dignidad que hacía tiempo había perdido contigo.

El cielo estaba gris, pero el jardín parecía nuestro. Nuestro pequeño territorio de risas, discusiones sin importancia y reconciliaciones sin testigos.


Unos días más tarde nos dieron la noticia.

lunes, 16 de febrero de 2026

Lo conocí dando vueltas


Era así de especial: nada más levantarse de la cama ya estaba imaginando qué haría ese día tan especial.

Si lucía el sol, sonreía. Si las nubes lo cubrían, se quedaba mirándolas, admirando sus formas y colores. Y si llovía, abría la puerta y sacaba la mano para dejar que las gotas le empaparan la piel, como si el agua le contara secretos.

Ese era su pequeño universo: un patio que recorría mil veces al día y una casa que lo protegía del viento y del frío. También había un gato blanco, con tonos dorados, que algunos días se dejaba acariciar y otros huía con indiferencia felina.

Su padre solía decirle que era un niño especial, aunque él no terminaba de entender qué significaba aquello.

Cuando cumplió doce años, sus padres lo llevaron a un colegio. Echaba de menos su patio y a su gato, pero todos le repetían que allí tendría amigos. Quien más insistía era don Adrián, un hombre mayor, de gafas redondas, con faldas y ropa oscura, que hablaba siempre con una calma extraña.

Un día, don Adrián lo llevó a pasear más allá del colegio. Lo que vio lo dejó sin aliento: cientos de árboles apoyados unos en otros, formando lo que su profesor llamó bosque.

Desde entonces vivía esperando el momento de volver a caminar cada tarde cerca de aquellos árboles. El bosque le había robado el corazón.

Una mañana, don Adrián lo acompañó hasta la estación y lo ayudó a subir a un tren.

Entre lágrimas, se despidió de él.

—Vuelves a casa —le dijo, con la voz quebrada por la emoción.

Antonio intentó mantenerse serio, pero una sonrisa le asomaba, inevitable.

Volvería a recorrer su patio. Volvería a buscar a su gato dorado.


Aquel día, Antonio fue feliz.

jueves, 12 de febrero de 2026

He tardado sesenta y cinco años…


Sesenta y cinco años en comprender que mi vida —sin saberlo— siempre fue el arte. En reconocer la emoción que late en un trazo, en una sombra que se alarga al caer la tarde, en una mirada que lo dice todo sin pronunciar palabra. Y aun así sé que no soy más que un principiante.

Un principiante hambriento de belleza.

Alguien que se estremece ante la pureza de una línea bien dibujada, que se detiene ante unos ojos como si fueran un paisaje infinito, que descubre en un gesto mínimo una historia entera. Y, sin embargo, me siento torpe, casi incapaz de plasmar la grandeza de esas cosas sencillas que me rodean y me sostienen.

Esa hoja que cae.

Esa calle desierta al amanecer.

Esa luz que entra oblicua por la ventana y lo transforma todo.

A veces siento una punzada de rabia —una rabia dulce y feroz— al contemplar ciertas imágenes que me sobrecogen. Me duele no haberlas creado yo, y al mismo tiempo las admiro con una gratitud inmensa. Son imágenes que me hacen soñar, que me arrancan del suelo y me elevan. En esos instantes mi alma parece abandonar el cuerpo y susurrarme al oído:

“No me esperes. Déjame convertirme en sueño. En el sueño de las imágenes, de las palabras, de la vida.”

Y comprendo que sentir es avanzar. Que cada emoción me transforma, me pule, me reconstruye. Que este cuerpo cansado y estas canas que me acompañan no son signo de declive, sino de camino recorrido. Y que basta un instante —un solo instante de luz y sombra— para que la ilusión vuelva a encenderse con la fuerza de la primera vez.

Quiero seguir soñando.

Aunque sea solo un minuto.

Aunque sea a solas.

Sentir la fuerza que me transmites —sí, aunque solo seas una imagen en mi mente— me basta para seguir.


Una y mil veces volvería a empezar.