lunes, 10 de agosto de 2026

Una docena de huevos

Cada vez que iba al supermercado había algo que inevitablemente atraía mi atención: aquel expositor amarillo de los huevos.

Estaba situado en una de las cabeceras del pasillo, perfectamente colocado, limpio, ordenado hasta el último detalle. Era de esos elementos que, sin saber muy bien por qué, los ojos buscan automáticamente. Quizá por el color, quizá por su disposición geométrica o simplemente porque, después de tantas visitas, se había convertido en una presencia familiar.

Pero aquel día algo había cambiado.

Me detuve delante del expositor.

Al principio pensé que era una impresión mía, pero enseguida descubrí que no. Había algo extraño. No era un simple desorden. Era algo mucho más inquietante: una imperfecta simetría.

Las cajas estaban colocadas de manera aparentemente aleatoria. Los precios no parecían corresponderse con los productos y algunas características de los envases no coincidían con las etiquetas que tenían debajo.

Me quedé mirándolo fijamente.

—¿Qué haces? —preguntó mi mujer.

—Mira esto.

Se acercó, observó durante unos segundos y se encogió de hombros.

—¿Qué quieres que mire?

—Los huevos.

Volvió a mirar.

—Son huevos.

—Ya lo sé, pero están mal colocados.

Me observó con esa expresión que uno aprende a reconocer después de muchos años de matrimonio.

—Déjalo, cariño. Son tus rarezas. Tenemos que hacer la compra.

Continuamos por los pasillos, pero yo ya no estaba allí del todo.

Mientras mi mujer llenaba el carrito, yo buscaba constantemente con la mirada aquella cabecera amarilla. Cada vez que llegábamos al final de un pasillo, giraba la cabeza para comprobar que seguía allí.

Y las preguntas regresaban.

¿Por qué habían cambiado la distribución?

¿Quién lo había hecho?

¿Por qué unas etiquetas estaban intercambiadas?

¿Por qué alguien había roto un orden que, hasta ese día, había sido casi perfecto?

No conseguía quitármelo de la cabeza.

Finalmente terminamos la compra y nos dirigimos a las cajas.

Mientras el cajero pasaba los productos, no pude resistirme.

—Perdone, ¿han cambiado la distribución de los huevos?

El muchacho levantó la mirada.

—¿Los huevos?

—Sí. El expositor amarillo. Hoy está diferente.

Me miró unos segundos, sorprendido.

—Pues... no me había fijado.

—¿Podría preguntárselo al encargado?

Quizá pensó que estaba hablando con un loco, pero llamó a uno de los responsables y le explicó lo que había observado.

El encargado se acercó, miró hacia el expositor y después volvió la vista hacia mí.

—No sabría decirle. Lo revisaremos.

Me fui a casa.

Pero aquella noche seguí pensando en los huevos.

Unos días después regresé al supermercado.

No había pasado ni un minuto desde que entré cuando me dirigí directamente hacia la cabecera.

Me detuve.

Todo había vuelto a la normalidad.

Las cajas perfectamente alineadas. Los precios en su sitio. Las etiquetas correspondientes a cada producto.

La simetría había regresado.

Sonreí satisfecho.

Quizá nunca sabría qué había ocurrido.

Seguí haciendo la compra hasta que, al llegar a la caja, reconocí al mismo cajero.

Él también me reconoció.

—¡El señor de los huevos!

Sonreí.

—Veo que esta vez están bien colocados.

El muchacho soltó una carcajada.

—Ahora ya sé por qué.

Lo miré intrigado.

—¿Por qué?

Se inclinó ligeramente hacia mí y bajó la voz, como si fuera a contarme un secreto.

—El hijo del dueño.

—¿Qué pasa con él?

—La noche anterior a aquella compra vino a buscar a su padre. Mientras esperaba, el niño se entretuvo jugando en el expositor. Estuvo colocando las cajas a su manera.

Me quedé unos segundos en silencio.

—¿Y nadie lo volvió a colocar después?

—Pues parece que no. Hasta que usted vino y se dio cuenta.

Mi mujer, que había escuchado toda la conversación, me dio un pequeño codazo.

—¿Ves?

La miré.

—¿Qué?

Sonrió.

Miré hacia el expositor amarillo.

Mi mujer volvió a darme otro codazo.

—Vamos, Sherlock. Que todavía nos falta el pan.

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