lunes, 3 de agosto de 2026

Los relojes



El primero en detenerse fue el de la cocina.

Llevaba todo el día renqueando hasta que, a las cinco y diez de la tarde, dejó de latir con un último suspiro metálico.

Lucas cebaba su pipa mientras mojaba unos bizcochos endurecidos por los días en una taza de café tan negro como el invierno que se colaba por la ventana. Levantó la vista y contempló el reloj inmóvil.

Las cinco y diez.

La hora en la que, muchos años atrás, Andrés y Pepe irrumpían en casa después de la escuela, lanzando las carteras al suelo y disputándose el primer bocado de la merienda que Ana había preparado. Él aún podía escuchar sus risas llenando la cocina, el regaño cariñoso de su mujer obligándolos a lavarse las manos y el aroma del pan recién tostado.

Pero la cocina estaba ahora en silencio. Solo quedaban el humo de la pipa y el eco de una casa demasiado grande para un solo hombre.

El segundo en morir fue el despertador.

Había acompañado durante cuarenta años el despertar de la familia. Ana era siempre la primera en levantarse. Mientras Lucas remoloneaba bajo las mantas, ella abría las ventanas, barría el zaguán y preparaba el desayuno. Él no abandonaba la cama hasta que el olor de los picatostes y el café recién hecho invadía la habitación.

Aquella mañana fue un jilguero quien lo despertó. El despertador se había parado durante la noche.

Lucas le dio cuerda varias veces, pero las agujas permanecieron inmóviles, como si también ellas echaran de menos las manos de Ana.

El tercero fue el reloj de pulsera.

Cayó al suelo mientras se afeitaba y las agujas quedaron detenidas a las nueve y cuarto.

Era un reloj sencillo, barato incluso, pero el más valioso de cuantos había tenido. Se lo regaló su nieto Fernando después de ahorrar durante meses parte de su paga. Aún recordaba al niño aferrado a su cuello, siguiéndolo como un patito por el patio, las tardes de pesca, las golosinas escondidas de Ana y aquellas llamadas diarias que, con el tiempo, fueron espaciándose hasta desaparecer.

Lucas guardó el reloj en el cajón de la mesilla.

No intentó repararlo.

Comprendió que algunas cosas dejan de funcionar porque ya han cumplido su tiempo. Durante aquel mes todos los relojes de la casa fueron callando uno tras otro.

Quizá no fueran los relojes.

Quizá fuera la casa la que comenzaba a olvidar el sonido de la vida.

El último en detenerse fue su corazón.

Tenía casi noventa años y llevaba demasiado tiempo esperando una visita que nunca llegaba, una voz que ya solo existía en los recuerdos, unas risas que el tiempo había borrado de las paredes.

Aquella noche no sintió miedo.

Mientras dormía, un minuto antes de la medianoche, el reloj que llevaba en el pecho dejó de marcar el tiempo.

Y, por primera vez en muchos años, el silencio dejó de doler.


No hay comentarios:

Publicar un comentario