Abrí la puerta de la habitación.
Había sido una noche intensa. Primero soñé con cinco aviones que se estrellaban uno tras otro, dejando en el cielo largas cicatrices de humo. Después corría por una selva espesa, húmeda y oscura, esquivando leones que aparecían entre los árboles como sombras doradas.
En fin, más me habría valido quedarme despierto. A veces me pasaba: en vez de descansar, pasaba la noche entera trabajando en sueños ajenos, sobreviviendo a peligros absurdos y despertando más cansado de lo que me había acostado.
Pero ahora ya estaba duchado, vestido y dispuesto a aprovechar el día. Durante años había soñado con hacer un crucero. Nunca había vivido en el mar, ni siquiera había navegado demasiado, pero algo en aquella inmensidad me atraía desde siempre: la idea de despertar sin tierra a la vista, de sentir que el horizonte no pertenecía a nadie.
Por eso crucé el portal de mi habitación y, siguiendo las indicaciones del pasillo, me dirigí hacia cubierta.
Jamás hubiera imaginado encontrar un mar así.
El agua era rojiza, brillante, casi metálica. Parecía que alguien hubiera derramado vino sobre el océano. Las olas se levantaban altas y lentas, amenazantes, como si respiraran. Me asombró el color, pero fue el oleaje lo que realmente me intimidó.
Sin embargo, el barco no se movía.
Ni un balanceo. Ni una vibración bajo los pies.
Pensé en la tecnología, en los estabilizadores, en esos sistemas imposibles que hacen que una ciudad flotante atraviese tormentas como si nada. Entonces recordé aquel chiste del herrero que, en un pueblo perdido, mientras cambiaba una herradura a un caballo, vio pasar un avión por el cielo y dijo, con admiración:
—Lo que hacemos los ingenieros.
Sonreí solo.
Me acerqué a la barandilla y me asomé. Allí estaba aquel mar rojo, intenso y luminoso, extendiéndose hasta perderse en el horizonte.
De repente, desperté.
Me toqué la frente: estaba empapada de sudor. Miré el reloj. Las seis y cuarto. En cinco minutos sonaría el despertador.
Me levanté antes de que sonara, lo apagué y me metí en la ducha. Mientras el agua resbalaba por mi pecho, pensé en aquel mar rojo, violento y brillante.
Sonreí.
Cualquier día de estos me voy a volver loco, pensé.
Y, todavía sonriendo, me sequé con la toalla.
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