Siempre me había preguntado qué secretos se escondían detrás de aquella puerta azul. Azul como tus ojos, azul como aquella flor que un día me atreví a regalarte, azul como los recuerdos que todavía hoy, tantos años después, conservan intacta su luz.
A veces me quedaba unos segundos detenido en el pasillo, fingiendo buscar algo, mientras al otro lado de la puerta tu voz susurraba una canción. Cantabas bajito, casi con miedo de que alguien pudiera escucharte. Yo, en cambio, afinaba el oído cuanto podía, intentando atrapar cada una de aquellas notas. Tú procurabas no molestar; yo deseaba que no dejaras nunca de cantar.
Aquella voz me hacía soñar.
Soñaba con que algún día te dieras cuenta de que yo estaba allí. De que existía. De que cada vez que aparecías por aquel pasillo mi corazón se apresuraba de una manera que no sabía explicar. Buscaba cualquier excusa para cruzarme contigo, para caminar a tu lado unos metros, para regalarte una sonrisa que seguramente nunca llegaste a entender.
Y tú pasabas junto a mí.
Siempre pasabas junto a mí.
A veces levantaba la mirada esperando que tus ojos encontraran los míos, pero nunca sucedió. Aquellos ojos azules, que yo conocía de memoria sin que jamás me hubieran mirado de verdad, seguían su camino. Y yo me quedaba allí, con aquella sonrisa absurda que solo existía por ti, viendo cómo te alejabas por el pasillo.
Cuando recuerdo aquellos años, todo aparece envuelto en una extraña oscuridad. Una época gris, silenciosa, casi olvidada, en cuyo fondo permanece una única luz.
Tú.
Eras esa luz.
Y durante mucho tiempo viví esperando que algún día ocurriera algo. Que te detuvieras. Que preguntaras mi nombre. Que descubrieras que había alguien que esperaba cada encuentro fortuito como quien espera un milagro. Que comprendieras que detrás de aquella mirada tímida había una vida entera que, sin saberlo, empezaba a girar alrededor de la tuya.
Pero nunca ocurrió.
Después llegaron los años.
La residencia quedó atrás, los pasillos se llenaron de otros pasos, las habitaciones cambiaron de habitantes y aquella puerta azul desapareció de mi vida. O quizá fui yo quien aprendió a vivir sin buscarla.
Han pasado tantos años...
Y, sin embargo, algunas noches la memoria tiene la extraña crueldad de devolverme allí.
Entonces vuelvo a verte.
Aquel pelo rubio, aquellos ojos azules, aquella manera de caminar que tantas veces seguí con la mirada. Intento imaginar cómo serás ahora, qué habrá hecho el tiempo contigo, si conservarás aquella sonrisa que apenas recuerdo haber visto.
Pero hay algo que el tiempo no ha conseguido borrar.
Tu voz.
Aquella maravillosa voz que llegaba desde detrás de una puerta azul.
A veces cierro los ojos y vuelvo a escucharla. No recuerdo la canción, ni siquiera estoy seguro de recordar correctamente la melodía. Tal vez la memoria la haya inventado para mí. Tal vez ya no fueras tú quien cantaba, sino la persona que yo necesitaba imaginar.
Pero entonces sonrío.
Porque durante unos instantes vuelvo a ser aquel muchacho que se detenía en un pasillo, esperando que una puerta se abriera.
Y mientras la música vuelve a sonar en aquella habitación que ya no existe, sigo esperando, como entonces, que alguna vez levantes la mirada.
Solo una vez.
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