jueves, 11 de marzo de 2021

El ancla


Allí estaba sentado en la proa, se podría decir que descansando de aquellas olas que durante toda la noche nos habían martirizado. 

Y ahora una vez pasado todo casi no recuerdo ni cuándo empezó ni cuando concluyó este último viaje. Extremadura le pusieron por nombre a esta goleta, Extremadura… un nombre sin mar, sin viento ni agua.

No era ni tan siquiera una broma lo que pensó aquel que lo decidió.

Pero anoche, azotada por el viento y las olas, la Extremadura se comportó. En los ambientes marineros no gustan los nombres así, lo se. Incluso alguien llegó a decir que tenía mal fario. Todo daba igual ahora.

Quizás si esto fuera una película ahora sacaría mi pipa y me pondría a fumar, lo cierto es que nunca he fumado, bebido si, un poco. Pero jamás probé el ron y mucho menos embarcado. Vaya marinero que estaba hecho…

Mire hacia atrás, mis compañeros se habían marchado a descansar hace ya un rato, yo, el raro que me dicen ellos, he preferido quedarme aquí unos minutos embobado con el sonido del mar. Siempre soñé hacerlo en la playa, pero el destino quiso que fuera desde una embarcación donde lo realizaría.

Mañana, una vez que esté todo en orden volveremos a zarpar, dará igual si llueve, si azota el viento o si luce el sol, todo eso no importa, lo verdaderamente importante es que dos días después lleguemos allí para comenzar una nueva ruta, una ruta que nos convertirá en víctimas o en ganadores, solo las ánimas de este mar Mediterráneo lo saben…


martes, 19 de enero de 2021

Martina

Desde pequeña Martina adoraba a su papá. Desde que había aprendido a hablar aprovechaba siempre que él estaba en casa para acercarse muy cerquita suyo y repetir como un lorito todo lo que él decía.

Va a llover mañana, decía el papa. Mañana lloverá, sentenciaba Martina. 

En cuanto Martina oía ruido en el dormitorio de los papas allí estaba, al pie de la cama ¿puedo ducharme contigo? ¿vamos a desayunar? ¿quieres que te acerque el café? 

A su padre le hacía gracia, esa niña de apenas 3 años y tan pendiente de él… A su madre en cambio no le gustaba esa dependencia, adoraba a sus tres hijos, pero el comportamiento de Martina no le gustaba.

Como casi todas las noches al acostarse le expresaba a su marido la preocupación que le causaba ese comportamiento de su hija pequeña. El le restaba importancia, es un asunto de niños, le decía antes de rodearla con sus brazos.

Marina vivía solo para su papá, pero poco a poco el tiempo pasó. Aquellas conversaciones duplicadas empezaron a ser cada día más aisladas y sus padres por fin estaban más tranquilos. La niña esta creciendo, decía su papá, menos mal, aseveraba la mama. Pero ella seguía preocupada.

Un día Marina se colocó delante de ellos. Tengo que comunicaros algo muy importante, les dijo. Los dos padres se sentaron prestos a escuchar. ¿Qué es eso que nos quieres contar?, preguntó su madre. Creo que debo independizarme, les soltó de improviso. Ambos padres quedaron helados, la madre más inquieta le respondió, pero hija, solo tienes 6 años, ¿cómo vas a vivir sola?

Marina acercó su mano a su boca y dijo: esto no lo había pensado… sus padres estallaron en carcajadas, Marina un poco después también. Esta hija nos ha salido muy adelantada, dijo su madre entre risas.

A partir de aquel día todo cambió, Marina se había convertido en la hija más adulta de la familia, un día su padre le dijo a su madre, no se a quien ha salido nuestra hija, de verdad no lo se, y sus miradas se entrecruzaron, ambos pensaban lo mismo…




lunes, 18 de enero de 2021

El misterio del barco amarillo



Nunca había visto un barco amarillo por estos mares, con unas rayas de ese color si, pero enteramente amarillo no. Siempre eran barcos con varios colores los que portaban a los pescadores a trabajar.

Pensó:

¿Será un limón? O será una flor de azahar…

No, Tiene que ser un barco porque en el puerto y encima del agua está, volveré a mirar mañana a ver si sigue estando aquí. 

A la mañana siguiente salto de la cama y corrió al puerto en busca del barco amarillo. Allí ya no estaba, ¡¡porras!! dijo, y se enfado. Esta tarde volveré otra vez y si sigue sin estar esperare hasta la entrada de los pescadores para verlo llegar.

Dicho y ello, después de merendar volvió con su perro Otto y allí estaba. Dio un pisotón muy fuerte. Esto es un gran misterio le dijo a Otto mientras este le miraba y movía las orejas. Esperaremos a ver que pasa.

Jugando con su perro poco a poco cayó el sol y nuestro niño se quitó las gafas de sol. Volvió la cabeza y ¡¡¡Oh, horror!! Otra vez había desaparecido.

Otto, le dijo al perrito, has visto tú qué misterio… no se que pensar… Otto empezó a ladrar y con su hocico le tocaba el bolsillo del pantalón ¿Qué haces? Le preguntó ¿Qué has visto? ¿No me digas que has descubierto este terrible misterio?

De repente uno de los últimos rayos de sol le molesto, cogió las gafas de sol del bolsillo y se las puso. Jaja, Otto tienes razón jaja. Son mis gafas las que hacen que este barco sea totalmente amarillo, solo ellas…

Creo que realmente somos dos buenos detectives ¿no te parece? Otto lo miraba y meneaba su pequeño rabito.

Se dio la vuelta y con las manos en los bolsillos se marcharon a casa, esta tarde no quedan ya misterios por resolver ¿No te parece Otto? 


Mañana ya veremos…


jueves, 3 de septiembre de 2020

Me hubiera gustado ver nevar en París….



Subí los escalones como quien asciende por la memoria.

La basílica del Sagrado Corazón se acercaba poco a poco, blanca y solemne, flotando sobre Montmartre como una promesa antigua.

Mis piernas aún conservaban el eco de los ciento noventa y siete escalones, y de las callejuelas estrechas y empinadas que me habían conducido hasta allí. Cada paso era un latido, cada esquina un recuerdo.

En la plaza du Tertre me detuve ante los cuadros. Los miré uno a uno, buscando tus ojos en rostros ajenos. No los encontré. El recuerdo, cuando pesa demasiado, nubla la mirada.

Seguí subiendo, creyendo ingenuamente que la altura diluiría tu imagen. Pero hay ausencias que no obedecen a la gravedad. Al llegar a la explanada, la basílica se alzó ante mí con toda su majestuosidad. Era Navidad, y el aire tenía ese silencio expectante que precede a los milagros que nunca llegan.

Siempre soñé con ver París cubierto de nieve. La amaba. Imaginaba la ciudad envuelta en un manto blanco, suavizando sus heridas, borrando los bordes del tiempo. No sabía entonces que aquella sería mi última vez allí, que la despedida suele disfrazarse de día cualquiera.

Recuerdo el inicio del sueño. Al principio era casi amable. Subíamos juntos unas escaleras interminables que no cansaban, como si el amor nos hiciera ingrávidos. Pero cuando pensaba en detenerme, cuando el miedo me rozaba, aparecía aquella figura sin rostro. Entonces tú te desvanecías… y yo caía.

Caía siempre.

Noche tras noche, el sueño regresaba, más nítido, más cruel, hasta convertirse en vigilia.

Fue entonces cuando te perdí del todo. Dejaste de ser mi voz baja en la oscuridad, mi refugio y mi herida, para convertirte en la ausencia que ocupaba cada rincón de la noche. Yo permanecía despierto, castigado a pensarte.

Con el tiempo, incluso el dolor aprendió a marcharse. Se fue diluyendo, como lo hiciste tú, entre la niebla espesa de la vida. Y aquella sonrisa que un día me pareció eterna se volvió frágil, casi irreal.

Etérea.

Como la vida misma, que ahora, años después, se me escapa a ratos, como la nieve que nunca llegó a caer.


Me hubiera gustado ver nevar en París…

martes, 17 de marzo de 2020

El reloj de Don Joaquín




Joaquín nació en una casa muy blanca y nunca quiso ser el pequeño de los tres hermanos. En aquel pequeño pueblo de una España rota y hundida ese era el menor de los problemas.

Cada día veía el mundo pasar desde la puerta de la casa, serio y retraído era muy dado a observar casi sin mirar. Madre estaba muchas horas fuera de casa haciendo mil y una faenas.

Desde su mundo infantil había mil cosas que no lograba entender, pero era obvio que algún día las sabría, la que más le preocupaba era no tener reloj. En la escuela muchos lo llevaban y lo miraban a todas horas. Aquel era un tema importante, lo hablaría con padre cuando volviera.

Otra de las cosas que le preocupaban era porque madre se ponía triste cuando le preguntaban cuándo volvería padre. Debería estar contenta pensando en que cuando terminara de trabajar estaría con nosotros…

Así, cada día pasaba lentamente, muchos vecinos le sonreían al pasar e incluso algunos le preguntaban que si no iba a jugar, ellos no entendían nada, el debía estar allí esperando, imagina si volvía padre y no había nadie, y además,  por suerte estando en ese lugar el día que lloviera no se mojaría.

Pero nunca llovía allí…

Fue creciendo poco a poco y un día que madre no había salido aun le preguntó por padre. Mira Joaquín- le dijo ella- tu padre está preso haciendo una iglesia a un señor que manda mucho  y hasta que no termine no volverá. Mi padre preso, no lo entendía ¿por qué? ¿qué había hecho?.

Desde aquel día entendió algunas frases de los compañeros de clase, frases que hasta aquel día había ignorado. Con el paso de los días fue poco a poco indagando, preguntó a sus hermanos, a la tía Julia, quería saber la historia de su padre. Pero se encontró con un muro, todo el mundo desaparecía  ante la pregunta.

Pasaron doce años, una noche dos señores con uniforme verde y largos bigotes fueron por la noche a casa. Le dijeron a mi madre que si padre aparecía por allí que fuera inmediatamente al cuartelillo. No quisieron decirle nada más.

La oí llorar toda la noche, tampoco entendía porque lloraba si volvía padre, a ver si volvía pronto porque así lo conocería, no recordaba ya ni su cara. Seguro que había perdido o se le había roto el reloj, por eso volvía tan tarde. Estaré aun mas pendiente de la puerta de ahora en adelante por si aparece.

Un par de meses más tarde apareció un hombre con barba en el pueblo. Esa misma tarde vino a hablar con madre que estaba cada día más triste y delgada, me hicieron salir a la calle. Pasados unos minutos aquel hombre se fue.

Madre nunca volvió a sonreír  y a partir de entonces vistió siempre de negro .

Todos los días ella me animaba a esperar en la puerta de casa y así lo hice durante un tiempo más, una mañana comprendí que nunca volvería. Aquel día juré que nunca llevaría reloj, un reloj que marca unas horas que son mentira y que nos hacen perder la esperanza.

lunes, 2 de marzo de 2020

La llamada


Hace un rato me ha llamado un antiguo compañero de trabajo. Además de la afectación por el plan de prejubilación recuerdo que no teníamos nada en común sino el trabajo en la misma empresa.

Después de las preguntas de rigor me ha preguntado el porque de no dedicarme a descansar después de tantos años de trabajo. Mi respuesta creo que le ha molestado, descansar de que, le he dicho, uno descansa cuando está cansado.

Después de unos segundos de pausa me ha soltado una retahíla de razones que le justificaban el no hacer nada más que vegetar, eso sí en justa correspondencia a una vida llena de esfuerzos y responsabilidades.

Mi recuerdo de su periodo de trabajo, estaba en un departamento que no correspondía a mi dirección, era el de un trabajador correcto, sin excesos ni defectos, una persona que realmente pasaba desapercibida en un entorno sumamente activo como era el nuestro.

Me he reído, te estaba tomando el pelo, le he dicho. Pero yo he tomado otra opción, Ya lo veo en tus redes sociales, ha contestado, y rápidamente ha cambiado de tema y me ha pasado a narrar sus largos periodos de contemplación y descanso que modulan su vida actual.

Después de colgar he entendido la verdadera suerte que he tenido al facilitarme la vida esta segunda oportunidad para desarrollar todas esas aficiones y deseos que han sobrevolado mi vida todos estos años. 

Fijaos, si alguien me hubiera dicho hace diez años que hoy podría estar desarrollando todo lo que hago lo hubiera tildado de loco.

Y mucha culpa es vuestra, es de las personas que día  a día me apoyáis y soportáis, las que me dais opciones y oportunidades de trabajar con vosotros y a vuestro lado en todas esas cosas que me apasionan, que me hacen feliz.

Que conste que respeto profundamente cualquier otra opción, pero para mi la mía es la ideal…

martes, 27 de agosto de 2019

Apenas tenía 9 años…




Escondida en el pasillo oía a sus padres, todos sus hermanos estaban durmiendo ya. Su padre envejecido y abrumado no podía levantar su cabeza, su madre solo contenía las lágrimas, solo repetía su nombre, Clara.

Al día siguiente su madre le dijo que se vistiera con su único traje, la noche de antes lo había estado arreglando. Casi sin mirarla la cogió de la mano. 

El silencio la acongojaba.

Una caminata rápida y una puerta. Su madre se agacho delante de ella, esto es lo mejor para ti, le dijo casi sin mirarla, le arreglaba con movimientos convulsos su vestido. 

Ya veras como te tratan bien, lo sé, y no te acordaras de nosotros.

Una monja vestida toda de negro abrió la puerta, Eres Clara, preguntó, anda pasa. Su madre se quedó allí petrificada mirándola, rota.



Unas semanas más tarde deambulaba por aquella casa, ella y tres niñas más buscaban a cada momento un rincón para jugar, pero siempre tropezaban con la hermana Benigna. 

¿Quién la nombraría así?

Todas las madrugadas les hacían levantarse a rezar, a aquellas niñas les costaba estar despiertas, pero allí estaba la hermana para recordarles a collejazos su obligación.

Pasaron los años,  Clara estaba a punto de ordenarse. Tenía ganas de vestir aquella ropa, imaginaba una vida distinta, se sentía mayor. Odiaba aquellas comidas iguales, casi sin nada que llevarse a la boca salvo cuando venía Don Julián.

Don Julián era el párroco de la iglesia, cuando él venía había huevos y algunos días hasta pollo. Todos eran felices menos la hermana Rita. En cuanto él aparecía bajaba su cabeza y no comía nada.

Unos meses más tarde la hermana Rita se cayó desde la torre y el párroco nunca vino más.

Ahora, muchos años más tarde soy la encargada de los nuevos ingresos, lo cierto es que no se que seria de mi vida si mis padres, benditos padres, no me hubieran traído aquí.  

No quiero ni pensarlo, solo se que cada noche al acostarme mi mente vuela a prados en los que nunca he estado, a mares que no he conocido y escalo montañas solo con cerrar mis ojos y mis pensamientos.


Nada más…