lunes, 26 de octubre de 2026

Tenía alas



Eran blancas, enormes y estaban cubiertas de plumas suaves que relucían bajo la luz. Casi nunca les prestaba atención: siempre habían estado allí, como si formaran parte de él desde mucho antes de que pudiera recordarlo.

Al acostarse, desaparecían. Era un misterio que había aprendido a aceptar. Pero bastaba con salir de la ducha para que reaparecieran, perfectas y radiantes, como si acabaran de estrenarse.

No eran del todo cómodas. Tenían algunos inconvenientes, aunque ninguno le parecía demasiado importante. El primero era que no podía rascarse la espalda. El segundo, que cada vez que las abría, su sombrero salía volando.

Aquella mañana decidió salir de casa. Le preocupaba el frío: con aquellas alas no podía ponerse camisas ni jerséis. También le inquietaba lo que pensarían las personas al verlo por la calle. Aun así, no se lo pensó dos veces. Abrió la puerta y salió.

Durante un rato, nadie pareció fijarse en él. Poco a poco se tranquilizó.

Es increíble, pensó. A nadie le extrañan mis alas.

Al llegar al final de la calle, se detuvo y las extendió. Sintió el aire deslizarse entre las plumas y un cosquilleo recorrerle la espalda. Era una sensación maravillosa. Por un instante, creyó que bastaría con batirlas para elevarse por encima de los tejados. Pero no sabía cómo utilizarlas.

Quizá podría probar en una ladera. Miró a su alrededor y, a lo lejos, descubrió un parque. Una pendiente descendía hasta un lago. Sin pensarlo demasiado, se dirigió hacia allí.

Hizo varias pruebas. Al principio apenas consiguió despegar los pies del suelo, pero, poco a poco, fue ganando altura. El viento le golpeó la cara y el mundo pareció abrirse bajo sus alas.

En uno de sus intentos, perdió el equilibrio. Cayó de golpe y se hundió en el lago.

¡Qué fría estaba el agua!

—¡Reacciona! —oyó decir.

Sintió unos zarandeos intensos. Voces confusas lo llamaban desde muy lejos.

—¿Cómo pudiste tomar esto?

Quiso responder. Quiso abrir las alas, escapar de aquel frío, volver a sentir el viento entre las plumas.

—Dejadme seguir volando con mis alas… —murmuró.

Fueron sus últimas palabras.


Todo se hizo azul.

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