Era un domingo de invierno. Afuera, la tarde se había rendido demasiado pronto y la oscuridad se había instalado tras los ventanales antes incluso de que terminara de revisar el primer presupuesto. No solía trabajar los fines de semana, pero el despacho estaba desbordado de proyectos y al día siguiente debía entregar varios informes. Aquello era el precio de dirigir una empresa: el trabajo administrativo acababa devorando el tiempo que uno creía haber reservado para cosas más importantes.
El edificio permanecía completamente vacío.
Solo se escuchaba el zumbido constante de la calefacción, el leve parpadeo de los fluorescentes del pasillo y el golpeteo irregular de mis dedos sobre el teclado.
Para hacer más llevadera la tarde puse música. Elegí una lista de viejas baladas de blues que conocía casi de memoria. Las primeras canciones me ayudaron a concentrarme, pero cuando comenzó a sonar Still Got the Blues, de Gary Moore, dejé de mirar la pantalla.
Aquella guitarra tenía el extraño poder de detener el tiempo.
Durante unos minutos olvidé los números, los plazos y los correos electrónicos. Mi mente comenzó a vagar por recuerdos que creía olvidados: viejos amigos, ciudades lejanas, personas que ya no estaban. Cuando la canción terminó me di cuenta de que llevaba varios minutos sin escribir una sola palabra.
Suspiré.
Apagué la música.
El silencio cayó sobre la oficina con una densidad inesperada. Fue entonces cuando lo oí. Un ruido breve. Como si alguien hubiera rozado una pared al otro lado del despacho.
Levanté la vista de inmediato.
No había nadie. Permanecí inmóvil durante unos segundos, escuchando. Nada.
Sonreí para mis adentros. Seguramente el edificio se estaba contrayendo por el frío. Los inmuebles antiguos siempre crujen cuando cambia la temperatura.
Volví al trabajo.
Apenas habían pasado cinco minutos cuando el sonido regresó. Esta vez no era un roce. Eran pasos.
Lentos.
Dos...
Tres...
Cuatro pisadas perfectamente reconocibles que avanzaban por el pasillo hasta detenerse, exactamente, frente a la puerta de mi oficina.
Sentí un escalofrío, me levanté de golpe y abrí la puerta.
El largo pasillo estaba completamente vacío.
Las luces permanecían encendidas y las puertas de los despachos seguían cerradas, tal como las había dejado al llegar. Recorrí el edificio de punta a punta, comprobando cada sala, cada almacén, incluso los aseos y la salida de emergencia.
No encontré absolutamente a nadie.
Regresé a mi despacho con esa incómoda sensación que produce no saber si uno acaba de vivir algo real o si el cansancio empieza a jugar malas pasadas.
Miré el reloj, las seis y treinta y siete.
La noche acababa de empezar.
Me senté de nuevo frente al ordenador. Intenté concentrarme en los presupuestos, pero ya no era capaz de leer una sola cifra. Había algo distinto en el ambiente. El silencio ya no era un silencio cualquiera.
Era el silencio de alguien que espera.
Entonces, sin previo aviso, el teléfono fijo de la oficina comenzó a sonar. Un sonido seco, metálico. Me sobresalté.
No podía ser.
La centralita estaba programada para desconectarse automáticamente los domingos.
Dejé que sonara una vez.
Dos.
Tres.
Cuando alargué la mano para descolgarlo... dejó de sonar.
Y, justo en ese instante, escuché una respiración muy cerca de mí.
Demasiado cerca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario