Sesenta y cinco años en comprender que mi vida —sin saberlo— siempre fue el arte. En reconocer la emoción que late en un trazo, en una sombra que se alarga al caer la tarde, en una mirada que lo dice todo sin pronunciar palabra. Y aun así sé que no soy más que un principiante.
Un principiante hambriento de belleza.
Alguien que se estremece ante la pureza de una línea bien dibujada, que se detiene ante unos ojos como si fueran un paisaje infinito, que descubre en un gesto mínimo una historia entera. Y, sin embargo, me siento torpe, casi incapaz de plasmar la grandeza de esas cosas sencillas que me rodean y me sostienen.
Esa hoja que cae.
Esa calle desierta al amanecer.
Esa luz que entra oblicua por la ventana y lo transforma todo.
A veces siento una punzada de rabia —una rabia dulce y feroz— al contemplar ciertas imágenes que me sobrecogen. Me duele no haberlas creado yo, y al mismo tiempo las admiro con una gratitud inmensa. Son imágenes que me hacen soñar, que me arrancan del suelo y me elevan. En esos instantes mi alma parece abandonar el cuerpo y susurrarme al oído:
“No me esperes. Déjame convertirme en sueño. En el sueño de las imágenes, de las palabras, de la vida.”
Y comprendo que sentir es avanzar. Que cada emoción me transforma, me pule, me reconstruye. Que este cuerpo cansado y estas canas que me acompañan no son signo de declive, sino de camino recorrido. Y que basta un instante —un solo instante de luz y sombra— para que la ilusión vuelva a encenderse con la fuerza de la primera vez.
Quiero seguir soñando.
Aunque sea solo un minuto.
Aunque sea a solas.
Sentir la fuerza que me transmites —sí, aunque solo seas una imagen en mi mente— me basta para seguir.
Una y mil veces volvería a empezar.
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