Es no tener un nombre que pronunciar,
no saber hacia dónde mirar,
suspirar a cada instante
y soñar, apenas, con amar.
Es buscar en cada momento
algo que me devuelva a otro tiempo,
aferrarme a un recuerdo mínimo,
intentar soñar… soñar con un solo suspiro,
y aprender, sin querer, a echarte en falta.
Y al compás de una canción
volver a aquellos días,
a aquellas palabras dichas a medias,
a esa desazón callada
que dolía y sostenía a la vez.
Porque me hacía vivir,
me hacía sentir,
me empujaba a soñar
aunque supiera que dolía.
Y daba sentido —aunque fuera por instantes—
a este corazón cansado
que aún late
cuando piensa en ti.
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