Era así de especial: nada más levantarse de la cama ya estaba imaginando qué haría ese día tan especial.
Si lucía el sol, sonreía. Si las nubes lo cubrían, se quedaba mirándolas, admirando sus formas y colores. Y si llovía, abría la puerta y sacaba la mano para dejar que las gotas le empaparan la piel, como si el agua le contara secretos.
Ese era su pequeño universo: un patio que recorría mil veces al día y una casa que lo protegía del viento y del frío. También había un gato blanco, con tonos dorados, que algunos días se dejaba acariciar y otros huía con indiferencia felina.
Su padre solía decirle que era un niño especial, aunque él no terminaba de entender qué significaba aquello.
Cuando cumplió doce años, sus padres lo llevaron a un colegio. Echaba de menos su patio y a su gato, pero todos le repetían que allí tendría amigos. Quien más insistía era don Adrián, un hombre mayor, de gafas redondas, con faldas y ropa oscura, que hablaba siempre con una calma extraña.
Un día, don Adrián lo llevó a pasear más allá del colegio. Lo que vio lo dejó sin aliento: cientos de árboles apoyados unos en otros, formando lo que su profesor llamó bosque.
Desde entonces vivía esperando el momento de volver a caminar cada tarde cerca de aquellos árboles. El bosque le había robado el corazón.
Una mañana, don Adrián lo acompañó hasta la estación y lo ayudó a subir a un tren.
Entre lágrimas, se despidió de él.
—Vuelves a casa —le dijo, con la voz quebrada por la emoción.
Antonio intentó mantenerse serio, pero una sonrisa le asomaba, inevitable.
Volvería a recorrer su patio. Volvería a buscar a su gato dorado.
Aquel día, Antonio fue feliz.