jueves, 13 de noviembre de 2025

La pluma



Guardaba en casa una colección casi sagrada. Desde siempre le habían acompañado el gesto de escribir y el impulso de dibujar. Aún recordaba la infancia: las manos pequeñas, el papel en blanco, el lápiz rozando la superficie como si despertara algo dormido. Incluso el sonido le parecía bello.

Con los años, aquel juego se volvió vocación, y la vocación, una devoción silenciosa por todo lo que tuviera que ver con la escritura. En las librerías se perdía sin prisa, recorriendo pasillos como quien pasea por un templo, admirando lomos, colores, promesas. Si hubiera podido, se las habría llevado todas.

Soñó alguna vez con abrir una librería, vivir rodeado de palabras ajenas y propias. Pero temió que la costumbre acabara erosionando el asombro, que la pasión se volviera oficio.

Mucho después, una amiga le regaló una pluma. No era nueva, pero brilló en sus manos como si lo fuera. Fue entonces cuando comprendió que cada pluma tenía un nombre y un latido. A aquella primera le dio el nombre de ella, y desde entonces ocupa el lugar más alto de su colección.

Aprendió que no eran simples instrumentos ni adornos elegantes. Cada una guardaba un alma, una espera. Al deslizarla entre los dedos, la pluma parecía susurrarle historias que él se limitaba a seguir sobre el papel.

Cuidarlas se convirtió en un rito. Extendía un paño, las desmontaba con paciencia, las limpiaba una a una. Elegía después la que le acompañaría durante unos días, hasta que el ritual volvía a repetirse, inmutable, necesario.

Un día quiso regalar una pluma a alguien esencial. Buscó sin descanso hasta encontrar la adecuada. La sostuvo entre las manos, le dio un nombre y, tras ese bautismo íntimo, la entregó como quien confía un secreto.

Con ellas escribió las historias más hermosas y los versos más osados. Solo ellas vieron caer sus lágrimas cuando la emoción lo desbordaba, cuando creyó haber alcanzado la felicidad, o aquella tarde en que el corazón se le quebró sin remedio.

Intentó escribir con varias de ellas, pero las palabras no acudieron.

Entonces lo comprendió.


Hoy, por primera vez en muchos años, todas las plumas se han quedado en casa.

domingo, 2 de noviembre de 2025

El puñal

El soldado se acerca a la salida.

Me cambio de posición frente al televisor, quizá por los nervios.

Unos pasos atropellados resuenan en el pasillo, acercándose a la puerta. Mi madre no está. Ojalá pasen de largo, pienso. Pero entonces suena el timbre, insistente, y alguien empieza a aporrear con fuerza.

La figura del soldado que aparece al otro lado me recuerda a los de mi videojuego.

—Déjame pasar y escóndeme. Tengo que curarme —me dice, con la voz rota.

Lo guío hasta la cocina. Su sangre deja un rastro oscuro que lo mancha todo.

—Dame algo de comer —susurra.

Abro la nevera: apenas hay nada, pero le sirvo un vaso de leche. Lo bebe temblando, como si fuera lo único que lo mantuviera en pie.

De repente, vuelven a oírse pasos al otro lado de la puerta, más rápidos, más decididos.

—Tengo que irme —murmura. Y, sin darme tiempo a reaccionar, salta por la ventana y desaparece corriendo, como si el mismo diablo lo empujara.

Instantes después, escucho de nuevo ruidos en el pasillo, pasos que van y vienen. Me acerco a la ventana, pero no me atrevo a asomarme.

Entonces noto que despierto.

Es increíble lo que he soñado. Quizá debería hacer más caso a mi madre y dejar de jugar tanto a la Play.

Siento sed. Me levanto y voy hacia la cocina.

Y allí me quedo helado.

Encima de la mesa, donde debería estar todo en orden, hay un puñal. Y junto a él, una nota escrita con una sola palabra: “Gracias.”