lunes, 24 de octubre de 2016

Era de provincias.




Desde pequeño su madre se lo hizo saber. 

El día en que su padre habló con el profesor del pueblo  y le recomendó ir a la escuela de trabajo se sintió dichoso. Será un excelente mecánico, concluyó este, mientras le acariciaba fuertemente la cabeza.

Cuando pisó aquella escuela noto que le faltaba el aire, aquellos primeros días empeñados en manejar una sierra y una lima le apesadumbraron, le hacían añorar el silencio de la nada, el hablar de las cosas.

El tercer año dijo basta, era un bicho raro en aquella escuela. Mientras el devoraba libros en un rincón del patio sus compañeros hablaban de fútbol y de chicas detrás de caladas de cigarros riendose de el.

Aquella no era su vida, no era su mundo.

Sintió como una aguja el disgusto de su madre, las miradas hirientes de su padre, pero era su vida. Incluso aguanto con pesar aquella palabra de afeminado que salió involuntariamente de la boca de su padre. 

Solo pensó en bajar sus ojos y sentir como le inundaba la tristeza.

La hermana de su madre lo busco y le ofreció su hombro, sabes, le dijo, yo siento lo mismo que tu pero no tuve el suficiente valor para revelarme. Después de una conversación inundada de lágrimas y de miradas lo decidió.

Cogió el poco dinero que tenía y lo junto con el que le había prestado su tía, monto en aquel autobús y se marchó. Aquella temporada fue terrible, innumerables veces estuvo tentado de volver pero aguanto.



Aquella mujer le marcó el camino, lo encontró un día en la calle ojeroso, terriblemente delgado y se compadeció de él. Era la esposa del notario, una mujer ya entrada en años pero a él le pareció su segunda madre.

Poco a poco lo metió a trabajar con su esposo y lo animó a estudiar. Solo quiero que me recites versos los martes, esta será mi única condición.

Unos años después falleció. 

Doña Ana, que así se llamaba, le rompió su ya maltrecho corazón. El marido que era conocedor de la estrecha relación que mantenían le animó a recitar unos versos el día en que le dieron sepultura.


Tantas veces fuiste mis ojos,
Tantas veces fuiste mi rutina
Que ahora se me nubla la vista
Y no se que hacer, que pensar, a quien amar

Me has dejado solo en este mundo
Te has llevado contigo la dulzura
Me has privado del aliento
De tus ojos, de tus palabras, de tu hermosura


Años más tarde ganó un conocido galardón con uno de sus libros. Cuando le entregaron el premio no nombró a sus padres allí presentes, solo tuvo una frase para agradecerlo.

"Este premio se lo debo a unos ojos que me acompañaron siempre, a una sonrisa y a una persona. Tú fuiste para mi el sosiego, las ganas de vivir y la belleza. 


Tu fuiste la responsable y a la vez la culpable de mi éxito"


Solo tu





miércoles, 5 de octubre de 2016

Miénteme…







Tenía tres gatos y un sobrino. No recordaba cuando fue la última vez que estuvo con un hombre. 

Entre su pecho colgaba una medalla con forma de corazón y en su monedero llevaba una piedra. 

La atesoraba desde aquel día. 

Sus padres la llevaban todos los meses de julio a la playa. Era la menor de tres hermanos y tuvo la suerte de nacer mujer. A veces miraba el mar y se abstraía, sus hermanos se reían pero no le importaba. 

Una tarde, recién cumplidos los 15, conoció a Javier. Paseaba sola cerca de la playa y el salía de bañarse. Sus miradas se encontraron y una sonrisa broto. 

Después de unos días coincidiendo se unieron a las sonrisas las palabras, al principio conversaciones intranscendentes que dejaron paso a una mezcla de sentires y sentimientos. 

Un día antes de separase se agarraron de la mano y se sintieron felices, incluso pensaron que ese sentimiento seria eterno. 

Javier le entrego a Luisa su tesoro, una piedra que le acompañaba desde hacía mucho tiempo. Ella le regalo un beso. 

Sus corazones seguirían juntos toda la vida. 

No lo volvió a ver nunca...



Luisa estaba a punto de jubilarse. Le asustaba la idea del día siguiente ¿a qué hora se levantaría? ¿Qué haría durante todo el día?  

Nunca había probado el alcohol pero aquella mañana había comprado una botella de anís. Le habían dicho en la oficina que entraba muy bien ¿entraba? Al principio no lo entendio. 

Lo que si entendió es que no quería que llegara ese día, por eso se preguntaba si tendría valor de continuar con su idea, estaba asustada y a la vez tranquila, por eso creía que sería lo mejor. 

Se aseguró de que nadie pasara por la calle, agarro en la mano su piedra y asiéndose a la ventana salto.


Fue sencillo…