jueves, 5 de noviembre de 2015

Adoraba ese pelo rojo.



Y lo sintió el día que la conoció. 

Se dejó llevar por ese color que le recordaba el atardecer. Imagino una puesta de sol con ella a su lado, fundiéndose el sol y su luz con su cabello, con sus preciosos ojos teñidos de rojo. Sintió un enorme deseo de tocar su piel, esa maravillosa piel joven que tenía tan cerca, aspiro su aroma, cerró los ojos y volvió a imaginar ese anhelado atardecer. 

Y después, al hablar con ella comprobó que era un remanso de ternura, de sonrisas interminables y de una candidez exquisita. Pensó que eso es lo que la hacía tan maravillosamente especial. 

Imagino toda su vida anterior, adivino por la comisura de sus labios que no había sido fácil, pero ¿Quién ha tenido una vida fácil? No quiso saber más, temía quedar prendado de ella.

Habían coincidido para trabajar y eso es lo que harían. 

Pero no pudo evitar prestarle una inusitada atención a todos sus gestos, a todas esas miradas cómplices durante el tiempo que estuvieron juntos. Observo sus manos, sus movimientos y como manejaba su cabello. Deseo mil veces que sus manos se tocaran cuando las sonrisas coincidían pero nunca ocurrió. 

Pensó en los juegos del corazón, siempre trufados de pasiones y sonrisas, envueltos en llantos y explosiones de alegría, tan necesarios como inútiles, tan ansiados como odiados. 

Y noto como se turbaba al mirarla…. 

Después de marcharse empezó a pensar en los colores de la vida, de una vida gris que siempre se había resistido a teñirse con los colores de la luz, del sol, de la alegría.  

 
Y pensó en porque había nacido en ese cuerpo que le atormentaba...


En ese cuerpo de mujer....



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