viernes, 16 de octubre de 2015

La importancia de llamarse Ernesto



Y era así desde que nació. 

A Ernesto no le gustaba hablar, ya en el colegio se distinguía por estar siempre callado. Sus maestras intentaban sin éxito todos los principios de curso buscar su vena parlanchina, incluso a veces se mostraban preocupadas por esta actitud, pero siempre desistían. 

Cuando llego a la adolescencia tomo fama por sus silencios y sus eternas miradas, algunas personas de su alrededor no conocían ni su voz. Aquel muchacho casi mudo llego a la universidad. Allí, rodeado de saber fue abriendo poco a poco sus ojos.

Termino sus estudios y decidió hacer lo que mejor sabía hacer: estudio unas oposiciones, y las aprobó. Marcho a un pueblecito de Orense a ayudar a impartir cultura. 

Su mirada intensa, tez blanca y desgarbada figura le granjearon al poco el apodo de Quijote, a él no le disgustaba, incluso creía que podía concordar con los orígenes de sus antepasados. Una ardua tarea se le encomendaba, dejar el listón del caballero español muy alto. Se puso a ello.

Pero entonces el destino quiso que no terminara su misión. 

Una tarde volviendo a casa desde el trabajo un vehículo lo arroyo. Dio igual el estado del firme, el conductor o la luz existente, Ernesto yacía allí en el suelo mojándose con una fina lluvia.

Aquel enjuto caballero español, aquel callado inmisericorde, aquel pozo de sabiduría encontró su final franqueado por un avellano y un banco, su epitafio podía decir así: 

 
Aquí yace Ernesto, nunca tuvo una mala palabra…. para nadie.




 

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